Problemas mentales o enfermedades mentales: no es solo una cuestión de palabras

¿Debemos hablar de problemas mentales, trastornos mentales o enfermedades mentales?

La pregunta parece solo lingüística, pero no lo es. Las palabras que usamos para hablar de salud mental influyen en cómo nos vemos, en cómo nos tratan los demás y en la seriedad con que se entiende nuestro sufrimiento.

En los últimos años, algunos psicólogos y otros profesionales han cuestionado la validez de ciertos diagnósticos psiquiátricos. Sostienen que etiquetas como «trastorno bipolar», «depresión» o «trastorno de ansiedad» no funcionan igual que muchas enfermedades médicas, y que los manuales diagnósticos, como el DSM o la CIE, tienen límites.

La crítica merece ser escuchada. Pero también conviene no sacar de ella conclusiones demasiado simples.

El diagnóstico no lo explica todo

Es cierto que la psiquiatría no dispone, en la mayoría de los casos, de marcadores biológicos tan claros como otras ramas de la medicina. No existe un análisis de sangre que mida la tristeza, la euforia, la impulsividad o la pérdida de motivación.

Pero de ahí no se deduce que los diagnósticos sean arbitrarios o inútiles. Que no podamos medir el ánimo como medimos la glucosa no significa que no existan alteraciones reales en la forma en que una persona regula el sueño, la energía, la atención, la conducta o la percepción de sí misma.

En salud mental se trabaja con fenómenos complejos. Intervienen la biología, la historia personal, el entorno, los vínculos, los hábitos, el estrés y muchas otras variables difíciles de separar. Esa complejidad obliga a ser prudentes, no a negar el problema.

Problema, trastorno, condición, enfermedad

La cuestión no es solo médica. También es semántica, social y casi filosófica.

Hablar de «problema mental» puede sonar más humano y menos estigmatizante que hablar de «enfermedad mental». Lo mismo ocurre con expresiones como «condición de salud mental» o «condición bipolar». A algunas personas les ayudan porque no se sienten reducidas a una etiqueta clínica.

Pero también hay un riesgo: si evitamos siempre la palabra «enfermedad», podemos acabar suavizando demasiado el sufrimiento.

Algunos trastornos mentales no son simples dificultades de la vida, rarezas del carácter ni estados pasajeros que se superan con voluntad, pensamiento positivo o unas cuantas conversaciones bienintencionadas.

El trastorno bipolar, por ejemplo, puede alterar profundamente el sueño, la energía, el juicio, la conducta, las relaciones y la vida entera de una persona. Llamarlo enfermedad no significa condenar a nadie. Significa reconocer que estamos ante algo serio, que merece tratamiento, seguimiento y respeto.

La palabra «enfermedad» también protege

A veces rechazamos la palabra «enfermedad» porque parece dura, fría o estigmatizante. Y es comprensible. Nadie quiere ser mirado solo desde el diagnóstico.

Pero esa palabra también puede tener una función protectora. Puede recordar que no estamos hablando de caprichos, debilidad moral, falta de carácter o mala actitud ante la vida.

Cuando una persona atraviesa una depresión grave, una manía, una psicosis o una crisis suicida, no necesita que le digan que tiene que poner más de su parte. Necesita ayuda, tratamiento, cuidado y un entorno que entienda la gravedad de lo que ocurre.

En ese sentido, llamar enfermedad a una enfermedad puede ser una forma de defender a la persona, no de reducirla.

Tampoco somos una etiqueta

Ahora bien, el extremo contrario tampoco ayuda.

Convertir el diagnóstico en identidad puede ser una trampa. Una persona no es «un bipolar», «un depresivo» o «un ansioso». Es alguien que vive con un trastorno, con una historia, con recursos, con límites y con posibilidades.

El diagnóstico puede orientar. Puede explicar parte de lo que ocurre. Puede ayudar a elegir un tratamiento y a prevenir recaídas. Pero no debería ocuparlo todo.

Una etiqueta clínica es una herramienta, no una biografía.

Tomarlo en serio sin reducirlo todo al diagnóstico

Los trastornos mentales no son idénticos a las enfermedades físicas, pero comparten con ellas algo esencial: producen sufrimiento, afectan al funcionamiento de la persona y pueden necesitar tratamiento.

Por eso conviene mantener el equilibrio. El diagnóstico no debe aceptarse como una verdad absoluta ni rechazarse como si fuera una simple invención. Puede ser una guía útil, siempre que se use con prudencia.

Llamarlo «problema» puede sonar más amable. Llamarlo «condición» puede resultar menos duro. Llamarlo «trastorno» puede ser más técnico. Llamarlo «enfermedad» puede ayudar a tomarlo en serio.

Al final, lo importante no es ganar una batalla de palabras, sino no perder de vista a la persona que hay detrás de cada término.

Porque detrás de cada diagnóstico hay una vida concreta: con miedo, con esfuerzo, con tratamiento, con recaídas, con mejoras y con derecho a ser comprendida sin ser reducida a una etiqueta.

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