Don Quijote y la enfermedad mental: ¿delirio o literatura?

Recordaba en un post anterior que a menudo una persona necesita más de cuatro diagnósticos y más de diez años hasta ser diagnosticada con trastorno bipolar. Es obvio que, aparte de que concurran otras circunstancias, desde el punto de vista clínico la cosa no debe ser demasiado fácil.
Yo soy tripolar, no bipolar

No lo digo por liar más el tema de la bipolaridad ni por rizar el rizo por diversión, sino todo lo contrario. Pero lo cierto es que es así, que somos tripolares.
La explicación es muy sencilla: ninguno de los que sufrimos esta enfermedad estamos constantemente en una fase maníaca o fase depresiva, por muy activos que seamos y por mucho amor (es un decir) que le tengamos al trastorno. Lo más habitual es que los afectados pasemos una parte muy importante de nuestras vidas ajenos al TAB y a sus putaditas, ajenos, en fin, a la maldita bipolaridad. La mayor parte del tiempo somos normales.
Estrés y ataques de pánico: los detonantes de mi primer brote bipolar

Desconozco los caminos que conducen a las demás personas al trastorno bipolar, por lo que solo puedo hablar del mío. En todo caso, tengo la intuición de que mi ruta tiene poco de original y probablemente la hayas recorrido de forma parecida.
Trastorno bipolar o psicosis maníaco-depresiva: el peso de las palabras

Como probablemente sabes, el TAB o trastorno afectivo bipolar, hasta hace no mucho era conocido como psicosis-maníaco-depresiva. Pero los médicos se esfuerzan para suavizar las cosas y es de agradecer, porque ser un psicótico (o sufrir una psicosis) suena bastante peor que «estar trastornado». Un hallazgo aún mayor fue sustituir por una palabra neutra («bipolar») el amenazante binomio «maniaco-depresivo», que tiene ecos como de asesinato en serie o algo igualmente truculento. Si además colocamos el calificativo «afectivo» ponemos un toque gentil y damos un paso muy eficaz para quitarle hierro al asunto.