Diagnosticar a Don Quijote es una tentación casi irresistible.
Ahí está el pobre Alonso Quijano, leyendo libros de caballerías hasta perder el juicio, saliendo al mundo convencido de que es caballero andante, viendo gigantes donde hay molinos, ejércitos donde hay rebaños y encantamientos donde quizá solo hay polvo, hambre, golpes y una imaginación desbordada.
La pregunta parece servida: ¿qué enfermedad mental tenía Don Quijote?
Y, ya puestos, otra más cercana a este blog: ¿podría decirse que Don Quijote era bipolar?
Mi respuesta corta sería: no lo creo. Y, sobre todo, no creo que podamos saberlo.
El problema de diagnosticar personajes
Don Quijote no es un paciente. Es un personaje literario.
No tenemos historia clínica, entrevistas, evolución médica, antecedentes familiares, exploración psicopatológica ni seguimiento. Tenemos una novela. Una novela genial, desde luego, pero una novela.
Eso no significa que no podamos hablar de locura, delirio o enfermedad mental a propósito de Don Quijote. Claro que podemos. Cervantes construyó una de las representaciones más poderosas de la mente alterada que ha dado la literatura.
Pero una cosa es hablar de locura en sentido literario, humano o simbólico, y otra muy distinta es ponerle a Don Quijote una etiqueta clínica actual como si estuviéramos rellenando un informe de alta.
Ahí conviene ir con cuidado.
¿Estaba loco Don Quijote?
Depende de lo que entendamos por “loco”.
Si por locura entendemos una ruptura parcial con la realidad, Don Quijote parece encajar con bastante facilidad. Interpreta el mundo según una lógica delirante, convierte la realidad en escenario caballeresco y actúa de acuerdo con esa interpretación.
No es solo un excéntrico que decide vivir de forma rara. Su conducta tiene consecuencias. Se expone al peligro, arrastra a otros, se mete en conflictos absurdos, recibe palizas y mantiene creencias que la realidad desmiente una y otra vez.
Ahora bien, Don Quijote no está “loco” todo el tiempo ni de cualquier manera.
Una de las grandezas del personaje es precisamente esa mezcla desconcertante: puede razonar con lucidez sobre muchas cosas y, al mismo tiempo, sostener ideas disparatadas sobre otras. Puede hablar con nobleza, inteligencia y sentido moral, y acto seguido lanzarse contra unos molinos porque los interpreta como gigantes.
Esa combinación es mucho más interesante que una caricatura de la locura.
¿Delirio o ilusión?
En psiquiatría no es lo mismo una alucinación que una ilusión o una idea delirante.
Una alucinación implica percibir algo que no está ahí. Una ilusión es una interpretación equivocada de un estímulo real. El molino existe, pero Don Quijote lo interpreta como gigante. El rebaño existe, pero él lo convierte en ejército.
Desde ese punto de vista, muchas de sus escenas famosas no serían alucinaciones puras, sino interpretaciones delirantes o ilusiones sostenidas por una convicción falsa.
Pero, sinceramente, tampoco creo que el interés principal esté en ganar esta batalla terminológica. La pregunta importante no es si Cervantes describió una alucinación, una ilusión o un delirio con precisión de manual. La pregunta interesante es cómo retrató una mente capaz de imponer su fantasía sobre la realidad.
Y en eso Cervantes fue un maestro.
¿Era bipolar Don Quijote?
La hipótesis bipolar puede resultar tentadora por algunos rasgos del personaje: exaltación, energía, impulsividad, grandiosidad, empresas imposibles, momentos de abatimiento y una cierta oscilación entre entusiasmo y derrota.
Pero con eso no basta.
El trastorno bipolar no consiste simplemente en estar exaltado, tener ideales desmedidos o alternar momentos de ánimo alto y bajo. Implica episodios clínicos de manía, hipomanía o depresión con una duración, intensidad y repercusión determinadas.
Don Quijote tiene grandiosidad, sí. Tiene ideas fijas, también. Tiene una percepción deformada de la realidad. Pero su “locura” no se organiza de manera clara como un trastorno bipolar. Al menos no de una forma que podamos afirmar sin hacer demasiada trampa.
En mi opinión, si uno quiere acercarse clínicamente al personaje, encajaría antes en el terreno de los delirios que en el de la bipolaridad. Pero incluso esa afirmación hay que tomarla con pinzas.
La psiquiatría y sus etiquetas
Hace años se publicó un curioso trabajo en el que numerosos psiquiatras opinaban sobre los posibles diagnósticos de Don Quijote. Las conclusiones, al menos para mí, resultaban bastante llamativas: unos veían trastornos delirantes, otros hablaban de bipolaridad, otros de esquizofrenia, otros de parafrenia, otros de delirio compartido, y un porcentaje nada despreciable sostenía que Don Quijote no padecía ningún trastorno mental propiamente dicho.
La dispersión tiene algo de cómica y algo de inquietante.
Cómica, porque parece que Don Quijote acaba convertido en una especie de muestrario de la psicopatología.
Inquietante, porque nos recuerda algo que los pacientes conocemos bien: diagnosticar no siempre es fácil. Incluso con una persona real delante, la psiquiatría puede tardar años en encontrar el nombre correcto para lo que ocurre.
Si eso pasa con pacientes vivos, imaginemos lo que ocurre con un hidalgo ficticio del siglo XVII.
Ni negar la locura ni reducirlo a ella
Hay dos errores opuestos.
El primero es negar que a Don Quijote le pasa algo. Presentarlo solo como un idealista, un soñador, un excéntrico o un rebelde contra la vulgaridad del mundo. Eso suena muy bonito, pero deja fuera una parte esencial del personaje: su pérdida de contacto con la realidad.
Don Quijote no es simplemente alguien con mucha imaginación. Su imaginación se impone a los hechos de una manera peligrosa y dolorosa.
El segundo error es reducirlo por completo a una enfermedad mental. Como si Don Quijote fuera solo un caso clínico y no una figura literaria, ética, cómica, trágica y profundamente humana.
Don Quijote está loco, si queremos decirlo así. Pero no es solo un loco.
Es también un hombre bueno, ridículo, valiente, equivocado, noble, insoportable, entrañable y profundamente solo. Y ahí está precisamente su grandeza.
Lo que Don Quijote nos enseña sobre la enfermedad mental
Para quienes vivimos cerca de la enfermedad mental, Don Quijote tiene algo incómodo.
Nos recuerda que una persona puede decir disparates y seguir siendo inteligente. Puede perder el juicio en un área de su vida y conservarlo en otras. Puede estar enferma y seguir teniendo dignidad. Puede ser objeto de risa y, al mismo tiempo, merecer respeto.
Eso es muy importante.
Porque una de las grandes simplificaciones sobre la enfermedad mental consiste en imaginar que la persona enferma queda anulada por completo. Que si alguien delira, ya no hay nada que escuchar. Que si alguien tiene un brote, todo lo que dice es basura. Que si alguien está diagnosticado, su palabra pierde valor.
Don Quijote desmonta esa comodidad.
Está equivocado muchas veces. Pero no siempre. Está fuera de la realidad muchas veces. Pero no fuera de la humanidad.
Sancho también importa
Y luego está Sancho.
Sancho Panza es muchas cosas, pero en esta lectura puede verse también como el acompañante del loco. El cuidador involuntario. El testigo. El que a veces corrige, a veces se deja arrastrar, a veces se desespera y a veces participa del delirio a su manera.
Quien haya acompañado a una persona con un trastorno mental grave reconocerá algo de esa mezcla: cariño, cansancio, desconcierto, lealtad, miedo, paciencia y ganas de que el otro vuelva a pisar tierra.
Sancho no cura a Don Quijote. Pero lo acompaña.
Y eso, en la vida real, a veces ya es muchísimo.
Diagnosticar menos, comprender más
No tengo especial interés en decidir si Don Quijote tenía trastorno delirante, esquizofrenia, bipolaridad o una locura literaria inclasificable.
Me interesa más lo que su figura permite pensar.
Permite pensar en la fragilidad de la razón. En la fuerza de las narraciones que nos contamos. En la dignidad de quien está equivocado. En el sufrimiento de quien vive en un mundo que los demás no comparten. En la dificultad de ayudar a alguien que está convencido de que no necesita ayuda.
Y también permite recordar que las etiquetas clínicas son útiles, pero no deberían sustituir a la mirada humana.
Un diagnóstico puede orientar. Puede ordenar. Puede salvar. Pero también puede empobrecer si hace que dejemos de ver a la persona completa.
Don Quijote no necesita DSM
Quizá la mejor conclusión sea esta: Don Quijote no necesita que lo metamos a la fuerza en el DSM para seguir siendo una de las grandes figuras de la locura humana.
Su locura no es menos verdadera porque sea literaria.
Y su humanidad no es menor porque esté loco.
Tal vez por eso nos sigue importando cuatro siglos después. Porque todos, de una manera u otra, tenemos algún molino al que hemos llamado gigante. Todos hemos defendido alguna fantasía contra la evidencia. Todos hemos necesitado alguna vez un Sancho que nos dijera, con más o menos paciencia, que miráramos mejor.
Y quienes hemos conocido la enfermedad mental sabemos algo más: que perder el juicio no significa perder el derecho a ser tratado con respeto.
Don Quijote nos da risa. Nos da pena. Nos irrita. Nos conmueve.
Como las grandes criaturas literarias, no cabe del todo en una etiqueta.
Y quizá sea mejor así.



4 respuestas
diablo q buen artículo
Gracias, Benito.
Siempre es agradable saber que alguien comparte lo que uno escribe.
Un saludo.
Que tema mas interesante mami.
Sí, Fercho, yo creo que lo es. De hecho, las diferentes opiniones de las psiquiatras lo que hacen es evidenciar la complejidad del tema. Y de paso lo poco que saben muchos de estos (y. otros) profesionales al respecto del mismo, por lo que la sociedad sabe aún menos y los pacientes… en fin, ojalá tengamos suerte de en qué manos caemos.