Creo que nunca podremos ser inmortales.
Dejando aparte si tal cosa sería deseable —que tengo mis dudas—, me parece que la caducidad forma parte de nuestra esencia. Podremos alargar la vida, mejorar tratamientos, reparar órganos, sustituir piezas y hacer trampas cada vez más sofisticadas al deterioro. Pero no creo que podamos borrar del todo nuestra condición de seres finitos.
Otra cosa distinta es el cerebro.
Ahí sí creo que nos queda un mundo por descubrir. Nuestra “CPU”, por seguir con la metáfora informática, sigue siendo en buena medida un territorio mal conocido. Y todo lo que aprendamos sobre ella puede cambiar radicalmente el tratamiento de muchas enfermedades mentales, incluido el trastorno bipolar.
El futuro de la salud mental será también tecnológico
Durante décadas, el tratamiento del trastorno bipolar se ha apoyado sobre todo en la medicación, la psicoterapia, la psicoeducación, los hábitos y el seguimiento psiquiátrico. Y, nos guste más o menos, esa sigue siendo hoy la base.
Pero cada vez sabemos más sobre circuitos cerebrales, ritmos biológicos, genética, inflamación, sueño, neuroimagen, biomarcadores y respuesta individual a los tratamientos.
Es razonable pensar que en las próximas décadas veremos avances importantes. No necesariamente una “cura” espectacular, ni un interruptor mágico que apague la bipolaridad, pero sí tratamientos más personalizados, más precisos y quizá menos basados en el viejo método de prueba y error.
Eso ya sería muchísimo.
Neuroestimulación: no todo son implantes
Cuando hablamos de actuar directamente sobre el cerebro, no todo implica abrir el cráneo y colocar electrodos.
Existen técnicas de neuroestimulación no invasivas, como la estimulación magnética transcraneal, que se utiliza sobre todo en depresión. También está la terapia electroconvulsiva, que a pesar de su mala fama histórica sigue siendo una herramienta médica en casos graves y concretos, incluida la depresión bipolar severa o situaciones que requieren una respuesta rápida.
No son tratamientos de andar por casa. No son trucos de autoayuda con cables. Son intervenciones médicas que deben indicarse y supervisarse por profesionales.
Pero muestran algo importante: el tratamiento de los trastornos mentales no se limita a “hablar” o a tomar pastillas. También puede consistir en modular la actividad cerebral de forma directa.
Implantes cerebrales: promesa real, pero todavía limitada
Los implantes cerebrales ya no pertenecen solo a la ciencia ficción.
La estimulación cerebral profunda se utiliza desde hace años en enfermedades neurológicas como el párkinson, el temblor esencial o algunos casos de epilepsia. También se ha estudiado en trastornos psiquiátricos graves y resistentes, como el trastorno obsesivo-compulsivo y la depresión resistente.
Además, las interfaces cerebro-ordenador están avanzando deprisa. Algunas buscan que personas con parálisis puedan controlar dispositivos, comunicarse o recuperar cierta autonomía mediante señales cerebrales.
Todo esto es impresionante.
Pero conviene no confundir campos. Que existan implantes útiles en párkinson o en parálisis no significa que mañana vayamos a tener un chip para curar el trastorno bipolar.
El trastorno bipolar no es un cable suelto
El problema del trastorno bipolar es que no parece una avería localizada y sencilla, como si hubiera un cable mal conectado que bastara con soldar.
Afecta al estado de ánimo, el sueño, la energía, la conducta, la cognición, la impulsividad, la sensibilidad al estrés y probablemente a redes cerebrales complejas. También intervienen factores genéticos, biológicos, ambientales y vitales.
Por eso no debemos imaginar la curación como un parche colocado sobre una herida visible.
Quizá en el futuro podamos detectar patrones cerebrales de riesgo antes de una recaída. Quizá existan dispositivos capaces de modular circuitos concretos. Quizá se combinen neuroimagen, inteligencia artificial, sensores de sueño, marcadores biológicos y tratamientos personalizados.
Pero eso no será magia. Será medicina lenta, cara, compleja y sometida a muchas pruebas.
La tentación del ciborg
Es muy fácil dejarse seducir por la imagen del transhumano, del ciborg, del ser humano mejorado por implantes, nanomedicina e inteligencia artificial.
Y no niego que algo de eso veremos. De hecho, ya lo estamos viendo en ciertos terrenos: prótesis avanzadas, estimulación cerebral, dispositivos implantables, sensores, algoritmos médicos y tecnologías que hace unas décadas habrían parecido fantasía.
Pero cuando hablamos de salud mental hay que ser especialmente prudentes.
No estamos tratando solo temblores, movimientos o señales motoras. Estamos tocando ánimo, identidad, memoria, deseo, personalidad, libertad, sufrimiento y capacidad de decidir. Eso exige una delicadeza enorme.
Las preguntas éticas serán inevitables
Si algún día los implantes cerebrales o tecnologías parecidas llegan a tener un papel relevante en el trastorno bipolar, surgirán preguntas muy serias.
- ¿Quién decide cuándo intervenir sobre el cerebro?
- ¿Qué grado de cambio en la personalidad sería aceptable?
- ¿Quién controla los datos cerebrales?
- ¿Qué ocurre si un dispositivo falla?
- ¿Podría una aseguradora, una empresa o un Estado acceder a información mental sensible?
- ¿Serán tratamientos accesibles o solo estarán disponibles para ricos?
La tecnología puede liberar, pero también puede controlar. Y si hay un órgano donde el control da miedo, ese órgano es el cerebro.
Esperanza sin ingenuidad
Yo quiero creer que algún día el trastorno bipolar se tratará mucho mejor que ahora.
Me gustaría que una persona diagnosticada dentro de cincuenta años no tuviera que pasar por los mismos brotes, depresiones, ingresos, ensayos farmacológicos, efectos secundarios y sustos que muchos hemos vivido.
También me gustaría que pudiéramos anticipar las recaídas antes de que llegaran. Que la medicación fuera más precisa. Que los tratamientos no fueran tan toscos. Que nadie tuviera que sentirse una cobaya mientras se ajustan dosis y combinaciones.
Pero una cosa es desear el futuro y otra venderlo como si ya estuviera aquí.
Los implantes cerebrales pueden formar parte de la medicina del mañana. Pero hoy, para el trastorno bipolar, siguen estando muy lejos de ser una solución general.
Mientras tanto: medicación, sueño y psiquiatra
Y mientras llega ese futuro, si llega, nuestra alternativa sigue siendo bastante menos cinematográfica: tratamiento, medicación, sueño, rutina, seguimiento médico, apoyo y conocimiento de la enfermedad.
Puede parecer antiguo, pero funciona mucho mejor que la fantasía.
Para muchos de nosotros, el litio y otros estabilizadores del ánimo siguen siendo una especie de cinturón de seguridad químico. No nos hacen invulnerables, pero pueden evitar que nos estrellemos. También pueden ayudarnos antipsicóticos, antidepresivos bien vigilados, psicoterapia, psicoeducación y hábitos que protejan el sueño y reduzcan el riesgo de recaída.
No es tan espectacular como llevar un implante cerebral inteligente conectado a una nube médica futurista.
Pero es lo que tenemos.
Y a veces lo que tenemos, aunque imperfecto, es lo que nos permite seguir vivos, razonablemente estables y con una vida bastante normal.
El futuro siempre tarda
Me gusta imaginar que vendrán tiempos mejores para quienes padecen trastorno bipolar.
Me gusta pensar que la investigación, la inteligencia artificial, la neuroestimulación, la genética y quizá algún día los implantes cerebrales abrirán caminos que ahora apenas intuimos.
Pero también sé que el futuro siempre tarda en llegar.
Así que, mientras los ciborgs se organizan y los científicos afinan sus máquinas, nosotros tendremos que seguir haciendo lo de siempre: tomarnos la medicación, dormir lo mejor posible, acudir al psiquiatra, pedir ayuda cuando haga falta y no jugar a ser más listos que la enfermedad.
La ciencia quizá nos traiga un mañana extraordinario.
Ojalá.
Pero hoy la estabilidad sigue empezando por cosas mucho menos futuristas.



2 respuestas
Estoy leyendo tu blog y me resultas demasiado IN y políticamente correcto. ¿Has pensado si los implantes transhumanos pueden favorecer la manipulación mental??? ¿Si serán realmente efectivos o nos están vendiendo la moto? o ¿Con quién experimentarán con esta tecnología? Con los enfermos mentales, como siempre, porque si se les fríen los sesos no hay problema: estaban locos… Me gustaría leer algún artículo sobre los experimentos que hacían con enfermos mentales los estadounidenses en su programa de control mental. Murieron cientos de personas. Creo que deberíamos tener más responsabilidad al hablar de estos temas y no escribir o fantasear con futuros gloriosos. No sabemos lo que la tecnología puede hacernos, pero te aseguro que no se quedará en ayudarnos a vivir mejor, siempre buscará algo más. A mí que me pongan un chip como a un perro y me dicten lo que tengo que hacer me da miedo.
Hola de nuevo, Ana.
No entiendo bien lo de «in» y lo de «políticamente correcto». Más bien me parece lo contrario, pero por supuesto respeto tu opinión.
De todas formas yo, personalmente, si me ofrecen implantarme lo que sea que me libre de esta pesadilla que es el TAB, por lo menos me lo plantearía.Y es que a veces las cosas no son lo que parecen. Por ejemplo, no hay cosa más inocua que el electroshock (terapia electroconvulsiva) y sin embargo su fama es pésima debido a que resulta muy llamativo ver a una persona anestesiada convulsionándose en una camilla.
Yo creo que si sufres trastorno bipolar de verdad, quizás tú también le harías poco asquito a los tratamientos novedosos.
Saludos.