No lo digo por liar más el asunto de la bipolaridad ni por rizar el rizo por diversión.
Lo digo precisamente por lo contrario: porque a veces la palabra bipolar se queda corta.
Nos presenta como si viviéramos condenados a oscilar entre dos extremos: manía y depresión, euforia y hundimiento, aceleración y parálisis. Y sí, esos dos polos existen. Vaya si existen. Pero falta uno.
Falta el tercer polo.
La estabilidad.
No estamos siempre en episodio
La explicación es sencilla: ninguna persona con trastorno bipolar está constantemente en fase maníaca, hipomaníaca o depresiva.
Por muy activos que seamos, por mucho “cariño” —es un decir— que le tenga la enfermedad a nuestra biografía, lo habitual es que pasemos una parte importante de la vida fuera del episodio agudo.
A veces vivimos ajenos al TAB y a sus putaditas. Ajeno, en fin, a la maldita bipolaridad.
Trabajamos, leemos, hacemos la compra, nos aburrimos, discutimos por tonterías, vemos una serie mala, pagamos recibos, hacemos planes razonables y hasta somos capaces de dar consejos sensatos a los demás, que ya tiene mérito.
La mayor parte del tiempo no estamos “subidos” ni “hundidos”. Estamos estables.
O, dicho sin tanta precaución terminológica: estamos normales.
La normalidad como tercer polo
Ese es nuestro tercer polo: la normalidad.
La misma normalidad de las personas “normales”, aunque nosotros tengamos que defenderla a pulso muchas veces, peleando contra la enfermedad, contra el cansancio, contra el miedo a recaer y, en ocasiones, contra nosotros mismos.
En términos clínicos suele hablarse de eutimia: un estado de equilibrio anímico, sin manía ni depresión. Pero a mí me gusta más llamarlo normalidad, porque al final eso es lo que uno desea: vivir sin que el ánimo se convierta en una montaña rusa con fallos de seguridad.
La normalidad no es poca cosa.
Para quien nunca la ha perdido quizá parezca vulgar. Para quien ha pasado por un brote maníaco o por una depresión de meses, la normalidad puede ser casi un lujo.
No somos una enfermedad andando
Uno de los problemas del diagnóstico es que a veces se nos queda pegado a la frente.
De pronto ya no eres Carlos, Marta, Luis o Ana. Eres “el bipolar”. Todo lo que haces parece explicarse por la enfermedad. Si te enfadas, es el trastorno. Si estás contento, cuidado, igual estás empezando a subir. Si estás triste, alarma, igual viene una depresión. Si estás tranquilo, sospecha, igual estás demasiado tranquilo.
Y claro, así no hay quien viva.
Tener trastorno bipolar no significa que cada gesto, cada emoción y cada rareza nuestra pertenezcan al manual de psiquiatría. También tenemos carácter, historia, gustos, manías, defectos y virtudes que no proceden del diagnóstico.
No somos una enfermedad andando.
Somos personas con una enfermedad.
La diferencia no es pequeña.
La comorbilidad y el exceso de etiquetas
También conviene hablar de otra cosa: la tendencia a cargar la mochila con etiquetas.
Ansiedad, ataques de pánico, fobias, obsesiones, problemas de sueño, adicciones, rasgos de personalidad, traumas, inseguridades, rarezas varias… Muchas personas con trastorno bipolar pueden tener otros problemas añadidos, desde luego. Eso se llama comorbilidad.
Pero una cosa es reconocer lo que hay y otra convertirnos en un catálogo ambulante de trastornos.
A veces se habla de la bipolaridad con un tono tan morboso, tan acumulativo y tan sombrío que parece que el diagnóstico venga con una cesta de desgracias obligatorias.
Y no.
Una persona con trastorno bipolar puede tener ansiedad, como puede tenerla cualquiera. Puede tener fobias, como puede tenerlas cualquiera. Puede atravesar una mala etapa, como cualquiera. No todo lo que nos pasa tiene que ser necesariamente una derivación dramática del TAB.
Si todo se interpreta como síntoma, acabamos perdiendo algo muy importante: la sensación de ser personas completas y no expedientes clínicos con patas.
La toxicidad ambiental
Por eso es tan importante alejarse, en la medida de lo posible, de cierta toxicidad ambiental.
Me refiero a esas personas que, quizá sin mala intención, siempre parecen dispuestas a recordarte que estás enfermo. Las que convierten cualquier emoción en sospecha. Las que hablan de ti como si fueras frágil, imprevisible o peligroso. Las que, en vez de reforzar tu autoestima, la agujerean con comentarios disfrazados de preocupación.
No siempre se puede huir de ese ambiente. A veces está en la familia, en el trabajo o en personas cercanas. Pero sí conviene reconocerlo.
Porque si uno tiene que pelear por mantenerse estable, lo último que necesita es vivir rodeado de gente que le recuerda a diario que quizá no lo está.
Huir de la autocompasión
También hay que tener cuidado con la autocompasión.
Entiéndeme bien: tener compasión por uno mismo es necesario. No somos máquinas, y el trastorno bipolar puede hacer mucho daño. Hay que permitirse sufrir, descansar, pedir ayuda y reconocer los límites.
Pero otra cosa es instalarse en la identidad de víctima.
Ahí la enfermedad empieza a ganar terreno por una vía distinta. Ya no solo nos afecta por sus síntomas, sino porque nos convence de que somos menos capaces, menos válidos, menos dignos de confianza o menos merecedores de una vida corriente.
Y eso no podemos regalárselo.
Tenemos una enfermedad crónica, sí. Necesitamos tratamiento, sí. En muchos casos necesitamos medicación de manera continuada, también. Pero eso no nos convierte en seres de segunda categoría.
Somos personas perfectamente válidas y capaces.
Ese valor tenemos que dárnoslo nosotros primero. No conviene esperar a que los demás nos lo reconozcan con una medalla, una fanfarria y una palmadita en la espalda.
Estabilidad no significa invulnerabilidad
Ahora bien, sentirse normal no significa olvidar la enfermedad.
Ese sería el otro error.
La estabilidad no nos convierte en invulnerables. Precisamente porque conocemos el trastorno, sabemos que el tercer polo puede ser precario. Hay que cuidarlo.
Cuidarlo significa dormir lo mejor posible, tomar la medicación indicada, acudir al psiquiatra, vigilar las señales tempranas, evitar jugar con el alcohol o las drogas, reducir el estrés cuando se pueda y no hacerse el héroe cuando empiezan a aparecer síntomas.
La normalidad no se defiende negando la enfermedad.
Se defiende tomándola en serio.
El privilegio de estar estable
Los bipolares conocemos muy bien la normalidad precisamente porque a veces hemos estado fuera de ella.
Quien nunca ha perdido el equilibrio quizá no sabe valorar del todo lo que significa caminar recto. Quien ha pasado por una manía o por una depresión grave sabe que levantarse, desayunar, contestar un mensaje, trabajar unas horas o pasar una tarde tranquila no son cosas menores.
Son señales de vida.
Y, en cierto modo, son victorias.
Nadie hay más sensato que una persona con trastorno bipolar en un buen periodo de estabilidad. Quizá porque sabe lo que cuesta llegar ahí. Quizá porque ha visto el otro lado. Quizá porque no da por sentado algo que otros consideran automático.
Somos tripolares
Así que sí: somos tripolares.
Alguna vez maníacos o hipomaníacos.
En ocasiones deprimidos.
Y durante buena parte de la vida, estables.
Normales, cada uno con su idiosincrasia particular, que tampoco vamos a pedirle a nadie que sea una fotocopia administrativa de la especie humana.
El trastorno bipolar tiene dos polos famosos, pero nuestra vida no cabe solo en ellos. Hay un tercer lugar, menos espectacular y mucho más habitable, donde también estamos nosotros.
Ese lugar se llama estabilidad.
Se llama eutimia.
Se llama normalidad.
Y para muchos de nosotros no es un punto intermedio sin importancia, sino el territorio que intentamos conquistar una y otra vez.
El tercer polo.
El bueno.



10 respuestas
Hola Carlos, en mi caso, no soy diagnosticada clinicamente pero comparto tu sentir, de hecho con esta pandemia y la introspección que nos obligó a tener, me he sumergido en un estado depresivo que destaca sobre cualquier estado de «normalidad» que pueda tener.
Como bien lo mencionas, uno mismo es quien debe ayudarse a salir de estos estados y encontrarle la luz y el sentido a la vida, pero, sinceramente no veo eso en mi. Tengo el problema de que yo misma no veo esas validaciones y aunque las reciba del exterior, no me las creo.
Siento que carezco de propósito, mi vida no tiene sentido, no soy lo suficientemente buena en nada. Y a pesar de saber herramientas a aplicar y saber qué debo hacer no lo hago porque la flojera me gana.
Lo siento si no debí comentar esto. Solo quería compartirlo con alguien que no me conozca.
Hola, Jessica.
Por supuesto, tu comentario es totalmente procedente. El de todo el mundo, pero especialmente el nuestro, es un mundo de emociones y tenemos que darles importancia, porque al final esas emociones somos nosotros.
Déjame que vaya a lo práctico. Dices que no estás diagnosticada. No sé exactamente cuál es tu problema (aparte de la depresión, que ya es bastante), pero si no lo estás haciendo deberías ir al psiquiatra. Me gustaría transmitirte una idea muy sencilla: Siempre hay causas psicológicas detrás de todo y hay que afrontarlas, pero estos trastornos del ánimo, nos guste o no, se curan sobre todo con pastillas. Así que, créeme, lo mejor que puedes hacer es que un médico te diagnostique y te medique. En tu caso además (que no es el de los TAB) el problema puede ser provisional y quizá dentro de una pequeña temporadita estés estupendamente.
Lo que no puedes (o no deberías, desde mi punto de vista) es aceptar como normal ese bajón tuyo que te impide llevar una vida en condiciones, solo porque tus capacidades están anuladas por un estado de ánimo enfermizo.
De todas formas, si tú dices que yo he dicho que «uno mismo es quien debe ayudarse a salir de estos estados y encontrarle la luz y el sentido a la vida» me lo creo, porque tengo muy mala memoria, pero supongo que no diría solo eso. La ayuda de los demás —y no solo médica— es imprescindible. De la depresión se sale con pastillas y con relación, abriéndose al mundo y recuperando la vitalidad y las ganas de hacer cosas. Por eso, no desperdicies ningún aliciente, ni huyas de ninguna compañía amable. Aprovecha este tiempo de bajón para darte cuenta precisamente de eso, de que estás en un bajón, y empieza a quererte, porque te lo mereces. Valórate (curiosamente las personas que menos se valoran suelen ser las mejores, hay estudios sobre eso) y además los demás te valoran, pero en cualquier caso recuerda que no estás en esta vida para «ser buena en algo», que seguro que lo eres, sino para ser feliz y hacer felices a los demás.
Me gustaría que me escribieras dentro de algún tiempo diciéndome que estás mejor. De momento ya has conseguido que un desconocido te escuchara al otro lado de internet 🙂 Y te aseguro que ese desconocido se preocupa por ti, le encantaría que dejaras de sufrir y está profundamente convencido de que vales un montón.
Pero, porfa, porfa, porfa ¡hazme caso y ve al médico, que si no no hacemos nada! 🙂
Un beso, Jessica.
Carlos.
Hola a mi me han diagnosticado hace poco, y por lo que hice mi vida ha dado un giro de 180 grados. Ahora debo estar en casa y me cuesta mucho, aunque animicamente estoy mejor. vivo en el campo y me he quedado sin amigos
Hola, Rosa.
Créeme que lo siento mucho. No sé qué es lo que te obliga a estar en casa, pero creo que sería bueno que intentaras relacionarte lo más posible para que tu ánimo se recuperara por completo. Claro que vivir en el campo no creo que ayude mucho a esto…
Desde aquí solo puedo decirte que no estás sola y te animo a que nos escribas si quieres compartir algo o necesitas cualquier cosa.
Un abrazo muy fuerte y ánimo.
Carlos.
Me gusta mucho tu humor. Y es muy importante no tener que validarse a través de nadie, porque ninguna persona lo necesita. Es cierto que somos seres sociales y, en cierta medida, necesitamos la afirmación de los demás; sin embargo, no puede eso convertirse en una condición para.
Me llama la atención que utilices la palabra normalidad. No creo que tal cosa exista, yo llamaría más bien un acercamiento al equilibrio o despolaridad (inversión mía). Un abrazo bipolar desde Chile. Visita mi página, soy bipolar.cl
Hola, Mariel.
Gracias por tu aporte. En realidad tú incides todavía más profundamente que yo en cómo deberían ser las cosas. Pero la cuestión de fondo es que nuestro mayor o menor «acercamiento al equilibrio» no nos estigmatice. Por lo demás, déjame que insista en la palabra normalidad, porque solamente tiene connotaciones negativas si se pervierte su significado. De hecho, la RAE en sus dos primeras acepciones la define como:
1. adj. Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural.
2. adj. Habitual u ordinario.
Conocía hace tiempo tu página, que me parece estupenda, Mariel. Por supuesto que la visitaré de nuevo.
Buenas.
Soy bipolar diagnosticada hace 17 años. Tuve que esperar 3 años y consultas a diferentes psiquiatras y diferentes tratamientos en los que mi cuerpo respondía de forma inteligente, advirtiéndole si era bueno o no de mil formas diferentes.
De repente dimos con la medicación que servía para mi.
Afortunadamente a los 4 años lo conseguimos.
Ahora puedo vivir absolutamente en estabilidad emocional. ( que no es normalidad)
Uno de mis mayores miedos siempre ha sido el saber y diferenciar cuando soy yo? Mi psiquiatra , excelente y de la s.s. me contestó: Rosa , tu eres SIEMPRE»
Muchas gracias.
Hola, Rosa.
¿Qué quieres que te diga? Eres una chica lista y además has tenido suerte con tu psiquiatra. Ojalá las cosas sucedieran siempre como en tu caso, por eso estamos luchando para que lo sean.
Y aunque no te conozco, yo también estoy seguro de que Rosa siempre es Rosa. De lo contrario, después de alguno de esos «viajes» tan «entretenidos» que seguro que has realizado, no habrías vuelto a encontrarte.
Un abrazo muy fuerte, Rosa. Y otro a tu psiquiatra, que hay pocos de esa pasta.
Hola Carlos,
Primero darte las gracias por tu blog.
Tengo 58 años, de ellos 20 consumiendo drogas duras, desde el alcohol hasta la heroina!
Ahora llevo 28 años limpios, los últimos años he tenido una vida tranquila y de calidad, aunque siempre he sabido que mi mente no funcionaba bien!
Hace 2 años funde una ONG dedicada a lis hombres de la calle(fui uno de ellos).
Desde entonces mi cabeza ha explotado, dos intentos de suicidio, una de las veces mi cabeza salio del cuerpo…fue mi sensación real, estos dos Ultimos años he tenido episodios de euforia y profunda depresión!
Pedi ayuda psicológica y psiquiatrica, después de diferentes tratamientos y charlas he conseguido(de momento)una pequeña estabilidad.
Me diagnosticaron Tripolar, siempre lo supe, tomo mi medicación diariamente, pero he aprendido que mucho estres y carga la cabeza se va a su rollo…
Que opina usted Carlos?
Hola, Miguel.
En primer lugar, gracias a ti por leerme.
Déjame que te conteste con humor que eso de «tripolar» me lo inventé yo para ilustrar que los enfermos bipolares no tenemos por qué estar continuamente oscilando entre la manía y la depresión y que, si contamos con los cuidados adecuados, podemos estar la mayor parte del tiempo en ese «tercer polo» que es la eutimia (o normalidad). Pero clínicamente me temo que no existe la denominación de «tripolar» 🙂
Cambiando de tema, mi enhorabuena por haber salido del alcohol y la heroína. No tengo más remedio que decirte algo que sabes de sobra: que si has podido con eso, puedes con cualquier cosa. Eso sí, en relación con la bipolaridad la mala noticia es que el mejor resultado que puedes obtener —siempre que recibas la atención médica necesaria y sigas unos hábitos adecuados— es esa eutimia de la que acabo de hablar, pero no podemos olvidar que con los tratamientos que existen en la actualidad esta enfermedad todavía es incurable.
Me dices que hace dos años fundaste una ONG dedicada a los hombres de la calle. Vaya obra estupenda, mi enhorabuena de nuevo. ¿Existe a día de hoy esa ONG? Dime cuál es, por favor, me gustaría saberlo. Lo que lamento es que, si te he entendido bien, ha sido precisamente en estos dos últimos años cuando al parecer te has sentido peor ¡incluso con intentos de suicidio! Es curioso que estés realizando una obra tan estupenda como esa ONG y que al mismo tiempo tu vida sea una pesadilla. Es cierto que la bipolaridad se te ha podido desencadenar a causa del estrés positivo causado por tu trabajo en la ONG (no solo el estrés negativo desencadena la bipolaridad). Por otra parte, si la bipolaridad se te ha manifestado a raíz de eso, es decir, con 56 años, también es llamativo porque, aunque no es imposible ni mucho menos, son muy pocos los casos que se presentan superados los 50 años.
Pero lo más importante de todo es lo que dices en tu último párrafo: «mucho estrés y carga la cabeza se va a su rollo…». Efectivamente, Miguel, así es. Llevo años intentando concienciar a la gente sobre la importancia del estrés, porque no te voy a decir que este sea la fuente de todos los males, pero sí está en la raíz de muchos de ellos. Estoy convencido de que gestionar el estrés es básico para poder sobrellevar este trastorno, pero también lo es para la vida en general y para la salud mental de cualquier persona. A nosotros los bipolares nos ataca desequilibrando nuestro ánimo, pero otras personas lo sufren en forma de enfermedades cardiacas, gastrointestinales, respiratorias, diabetes, depresión, ansiedad, dolor crónico, enfermedades autoinmunes, de la piel… El estrés es un enemigo tan silencioso como destructivo. En el caso de la bipolaridad, el estrés es un desecadenante tópico del trastorno, por lo que nos conviene invertir nuestros esfuerzos en gestionarlo, ya que de ello depende en gran medida nuestro bienestar. Como sabrás, los otros desencadenantes básicos de la enfermedad son la falta de sueño y los tóxicos, pero estos últimos hace muchos años que los tienes a raya y no creo que te estén generando efectos ahora habiéndolos dejado de consumir hace tanto tiempo.
En conclusión, Miguel, te recomiendo que tengas un tratamiento farmacológico adecuado bajo la supervisión de un psiquiatra competente y que te preocupes de manera activa por tener a raya el estrés siguiendo unos hábitos de vida saludables. Si quieres, me escribes otro día y hablamos de eso.
Un abrazo y mi admiración por tus logros, de verdad.