Desconozco los caminos que conducen a otras personas al trastorno bipolar. Solo puedo hablar del mío.
Y aun así, tengo la intuición de que mi ruta no fue tan original. Quizá muchas personas diagnosticadas hayan pasado por algo parecido: años de ansiedad, estrés acumulado, miedo, sensación de fragilidad y una cuerda interior que se va tensando hasta que un día, sencillamente, se rompe.
No digo que la ansiedad cause el trastorno bipolar. Sería demasiado simple. Pero sí creo que, en mi caso, la ansiedad y los ataques de pánico prepararon el terreno.
Fueron mi camino hasta el primer brote.
Todo empezó con ansiedad
En el principio de mi trastorno estuvo la ansiedad.
Una ansiedad difusa, imprecisa, difícil de explicar, que comenzó en mi adolescencia y fue ganando terreno poco a poco hasta minar mi seguridad. No era una preocupación concreta. No era miedo a una cosa determinada. Era más bien una forma de estar en el mundo: alerta, incómodo, vulnerable, como si algo malo pudiera ocurrir en cualquier momento.
Durante aquellos años recorrí un rosario de psicólogos y psiquiatras sin encontrar a nadie que supiera aliviar de verdad lo que me pasaba.
No lo digo con ánimo de ajustar cuentas, aunque algo de rabia queda. Lo digo porque una ansiedad mal atendida no es una tontería. Puede ir comiéndose por dentro a una persona durante años mientras desde fuera parece que “solo está nerviosa”.
Y no. No era solo estar nervioso.
Cuando llegó el pánico
Con el tiempo, la ansiedad siguió creciendo y acabó llevándome a los ataques de pánico.
A mi juicio, pocas cosas hacen sufrir tanto.
Quien no los ha vivido puede pensar que son una exageración, una especie de susto psicológico. Pero un ataque de pánico no se vive como una idea. Se vive en el cuerpo. Sudor frío. Taquicardia. Sensación de ahogo. Pensamiento descontrolado. Miedo a volverse loco. Miedo a morir.
Y lo peor es que, durante unos minutos, uno se lo cree.
Mi primer ataque llegó muy pronto, mucho antes de mi primer brote psicótico. Tendría unos dieciocho años y estaba solo en casa. Recuerdo que me fumé un porro y, de pronto, algo se desató. Sentí que el corazón se me salía del pecho, que el pensamiento se rompía, que no podía controlar nada y que quizá me iba a morir allí mismo.
No cuento esto para hacer moralina barata sobre los porros. Bastante tuve con que me pasara. Lo cuento porque, en una persona vulnerable, determinadas sustancias pueden actuar como disparadores. En mi caso, aquel porro abrió una puerta que después ya no necesitó porros para volver a abrirse.
El miedo al miedo
A partir de entonces, los ataques empezaron a repetirse.
Al principio parecían imprevisibles. Podían llegar en cualquier momento y en cualquier situación. Después se fueron asociando a lugares, trayectos, distancias, espacios abiertos, transportes, esperas, compromisos. Sin darme cuenta, empecé a vivir condicionado por la posibilidad de sufrir otro ataque.
Ese es uno de los mecanismos más crueles del pánico: no solo sufres el ataque, sino que empiezas a temer el siguiente.
Y entonces aparece el miedo al miedo.
En mi caso, ese miedo fue estrechando mi vida. Poco a poco fui desarrollando una agorafobia que me encerraba en un territorio cada vez más pequeño. No de golpe, no de manera teatral, sino por retirada progresiva. Hoy evito esto. Mañana evito aquello. Pasado mañana ya no me atrevo a ir allí.
Y cuando quieres darte cuenta, tu mundo ha encogido.
El desgaste del estrés
Años de ataques de pánico fueron royendo mi resistencia.
Viví durante mucho tiempo sometido a un estrés que debería haberse atendido antes, mejor y con más eficacia. Un estrés que se prolongó de manera innecesaria y torpe. Todavía hoy, al recordarlo, me cuesta no sentir rabia.
Porque el estrés crónico no es solo cansancio. No es tener mucho trabajo. No es “estar un poco saturado”. El estrés sostenido puede debilitarte psicológica y físicamente. Te va dejando sin margen. Sin elasticidad. Sin confianza. Sin capacidad para absorber los golpes normales de la vida.
Y cuando una persona ya tiene una vulnerabilidad de base, ese desgaste puede ser muy peligroso.
El primer brote
Con ese caldo de cultivo, a los veintiocho años sufrí mi primer brote.
No puedo saber con certeza si lo habría padecido igualmente de no haber tenido aquel historial de ansiedad, pánico y estrés. Probablemente sí, porque creo que la carga genética en el trastorno bipolar puede ser muy potente.
Pero también creo que, si no hubiera sufrido durante años un proceso de ansiedad tan desgarrador, quizá el monstruo no habría despertado entonces. O quizá no habría despertado nunca. No puedo saberlo.
Lo único que puedo decir es que, en mi historia personal, la bipolaridad no apareció en un terreno limpio. Apareció en una persona ya muy desgastada.
La enfermedad estaba quizá agazapada, esperando su oportunidad.
Y la oportunidad se la dio una combinación de ansiedad, pánico, estrés y vulnerabilidad.
No confundir causa con detonante
Es importante decirlo bien: no creo que los ataques de pánico “produjeran” mi trastorno bipolar.
La bipolaridad no funciona así. No es una consecuencia automática de estar ansioso. Muchas personas sufren ansiedad o ataques de pánico y nunca desarrollan trastorno bipolar.
Pero una cosa es la causa y otra el detonante.
En mi caso, los ataques de pánico no fueron la causa profunda del trastorno, pero sí pudieron actuar como parte del mecanismo que lo hizo visible. Fueron desgaste, presión, inestabilidad, pérdida de seguridad. Fueron una forma de ir debilitando las defensas hasta que algo mayor encontró la ocasión de salir.
Por eso concedo tanta importancia a la ansiedad y al estrés.
No porque expliquen todo, sino porque pueden desestabilizar mucho.
La falsa seguridad
Con los años he tomado una buena cantidad de medicamentos destinados a tratar la ansiedad y el pánico.
No reniego de ellos. A veces pueden ayudar y, en determinados momentos, pueden ser necesarios. Pero en mi caso muchos funcionaron más como una falsa sensación de seguridad que como una solución real.
Me daban la impresión de estar protegido, pero en el fondo seguía sintiéndome desprotegido.
El problema de los ataques de pánico no es solo el síntoma físico. Es la relación que estableces con el miedo. La convicción de que no vas a poder soportarlo. La necesidad de tener siempre una salida, una pastilla, una persona, un lugar seguro, una coartada para escapar.
Y eso, si no se trabaja bien, puede convertirse en una cárcel.
El pánico no es poca cosa
A veces se dice que los ataques de pánico no son graves.
Entiendo lo que se quiere decir: normalmente no matan, no son una psicosis, no implican por sí mismos una pérdida estable de contacto con la realidad. Pero sería difícil convencer de su “levedad” a quien los sufre.
El quebranto que producen puede ser atroz.
Una persona con ataques de pánico puede dejar de viajar, de trabajar, de quedar con gente, de salir sola, de entrar en ciertos sitios, de coger el metro, de conducir, de vivir con libertad. Y eso no es una molestia menor. Eso puede arruinar una vida por goteo.
Además, en una persona con trastorno bipolar, cualquier factor que altere de forma intensa el sueño, la seguridad, la rutina o el nivel de activación merece ser tomado en serio.
El estrés como enemigo silencioso
Muchas crisis de las personas con trastorno bipolar están asociadas, de una u otra manera, a alguna forma de estrés.
No siempre será la causa principal. A veces habrá cambios de medicación, falta de sueño, consumo de sustancias, conflictos familiares, pérdidas, exceso de trabajo, cambios vitales o simplemente la propia dinámica de la enfermedad.
Pero el estrés suele estar cerca.
Y tiene una virtud siniestra: parece soportable hasta que deja de serlo.
Uno va aguantando. Aguanta un mes. Aguanta un año. Aguanta una relación difícil, un trabajo imposible, una situación familiar insoportable, una ansiedad que no se trata, un miedo que se normaliza. Y un día descubre que no estaba aguantando: se estaba rompiendo.
Lo que habría necesitado
Mirando hacia atrás, creo que habría necesitado una intervención mucho más temprana y más clara.
Habría necesitado que alguien se tomara mi ansiedad en serio. Que no la redujera a nervios. Que no se limitara a poner parches. Que me ayudara a entender el mecanismo del pánico, a afrontarlo, a recuperar terreno, a no vivir huyendo.
También habría necesitado una mirada más amplia: sueño, estrés, consumo de sustancias, vulnerabilidad familiar, estado de ánimo, señales de activación, cambios de conducta.
No digo que todo hubiera cambiado. Quizá no. Pero tal vez el golpe habría sido menor.
Y cuando hablamos de salud mental, reducir el golpe ya es muchísimo.
Mi conclusión
La conclusión que saco es sencilla: exista bipolaridad o no, el estrés debe considerarse un elemento desestabilizador al que hay que prestar atención.
No conviene bromear con él. No conviene acostumbrarse a vivir permanentemente en tensión. No conviene esperar a que la cuerda se rompa para admitir que estaba demasiado tirante.
Mi consejo —y me lo vais a oír más de una vez— es que cuidemos nuestro nivel de estrés siempre. Que busquemos la forma de reducirlo. Que pidamos ayuda antes de estar al límite. Que no normalicemos los ataques de pánico como si fueran una rareza soportable. Que no juguemos con sustancias si sabemos que nuestra mente es vulnerable. Que protejamos el sueño como si fuera parte del tratamiento, porque lo es.
En mi caso, la ansiedad fue el principio. El pánico fue el aviso. El estrés fue el desgaste. Y el primer brote fue la gran explosión.
No sé si mi camino hacia la bipolaridad habría podido evitarse.
Pero sí sé que no habría que dejar a nadie recorrerlo solo, a oscuras y durante tantos años.



2 respuestas
Hola, estoy de acuerdo contigo. Yo lo sufrí desde la infancia y luego en distintos periodos de mi vida de estudiante. He reducido el estrés al mínimo pero siguen apareciendo en ocasiones. También he limitado mi ecosistema para evitar sufrir episodios que me han llevado al ingreso, pero a la vez me pierdo muchas cosas. Tengo ascendientes directos con el trastorno, así que sí, tiene vertiente genética, pero el ambiente en el que te desarrollas influye mucho. Hay gente que puede llevar una vida normal y otros como yo, que lo hacemos lo mejor que podemos. Ánimo y un saludo.
Hola, Toni.
Estoy de acuerdo contigo y, de hecho, mi historia es similar a la tuya.
Yo también he reducido el estrés al mínimo, porque entiendo que este monstruo está en la base de casi todos nuestros problemas (y de los de casi todo el mundo, por lo demás).
En lo que difiero de ti es en que no pienso que tengas por qué perderte cosas y, desde luego, estoy convencido de que puedes llevar una vida normal.
Eso sí, entiendo que no te sientas igual que antes de tu primer brote, pero eso sí es normal. Nuestra vida cambia con la bipolaridad y lo hace para siempre. Pero eso tiene más de un lado positivo. Gracias a ella podemos saber hacia dónde enfocarnos y hacer que nuestra vida sea más significativa y productiva.
Un saludo, Toni, y ánimo también para ti.