Trastorno bipolar o psicosis maníaco-depresiva: el peso de las palabras

Como probablemente sabes, lo que hoy llamamos trastorno bipolar fue conocido durante mucho tiempo como psicosis maníaco-depresiva.

El cambio de nombre no es un detalle menor. Las palabras importan. Y en salud mental importan todavía más, porque pueden aliviar, precisar, confundir o estigmatizar.

No suena igual decir “tengo trastorno bipolar” que decir “sufro una psicosis maníaco-depresiva”. Aunque estemos hablando de territorios clínicos emparentados, el efecto emocional de una expresión y de la otra es completamente distinto.

La segunda suena a expediente antiguo, a bata blanca severa, a hospital cerrado, a diagnóstico escrito con pluma negra y poco margen para la esperanza. La primera, en cambio, parece más neutra, más moderna, más manejable.

Y eso no es poca cosa.

De la psicosis maníaco-depresiva al trastorno bipolar

La expresión “psicosis maníaco-depresiva” tenía una fuerza enorme, pero también un problema evidente: cargaba la enfermedad con una palabra, psicosis, que asusta mucho.

Y no todos los trastornos bipolares cursan con síntomas psicóticos. Una persona puede tener trastorno bipolar sin haber sufrido nunca un delirio, una alucinación o una pérdida grave de contacto con la realidad.

Por eso el término actual resulta más preciso y menos brutal. Hablar de trastorno bipolar permite referirse a la oscilación entre polos del estado de ánimo —manía, hipomanía, depresión, estabilidad— sin convertir automáticamente a la persona en “un psicótico”.

Porque esa es otra cuestión: no es lo mismo decir que alguien ha sufrido una psicosis que reducir a esa persona a “un psicótico”.

La diferencia parece pequeña, pero no lo es.

No es solo suavizar

Ahora bien, tampoco conviene pensar que los médicos cambiaron el nombre únicamente para suavizar las cosas o para ponerle colonia al diagnóstico.

La terminología cambia porque también cambia la forma de entender las enfermedades. La psiquiatría ha ido distinguiendo mejor entre depresión, manía, hipomanía, psicosis, trastornos afectivos, trastornos psicóticos y espectros diagnósticos.

Eso no significa que todo esté resuelto, ni mucho menos. Pero el lenguaje clínico actual intenta ser más descriptivo y menos condenado de antemano.

“Trastorno bipolar” no es una expresión perfecta. Ninguna lo es. Pero probablemente es menos dañina que “psicosis maníaco-depresiva”, sobre todo cuando la escucha alguien que acaba de recibir el diagnóstico y todavía no sabe si su vida se ha terminado o solo se ha complicado mucho.

La palabra también construye identidad

Las palabras no solo describen lo que nos pasa. También influyen en cómo nos vemos.

No es lo mismo pensar “tengo una enfermedad tratable” que pensar “soy un loco maníaco-depresivo”. No es lo mismo hablar de estabilidad que hablar solo de crisis. No es lo mismo decir “persona con trastorno bipolar” que “bipolar” como si el diagnóstico lo ocupara todo.

Yo mismo uso a veces la palabra “bipolar” por comodidad, porque sería absurdo ponerse solemne cada tres líneas. Pero conviene recordar que una persona no es su diagnóstico.

Tener trastorno bipolar no nos convierte en una etiqueta con piernas.

Somos mucho más que eso.

Cuando la palabra es lo único que queda

Los bipolares conocemos muy bien la importancia de la palabra.

En plena crisis, cuando los sentimientos se vuelven confusos, excesivos o casi indescifrables, hablar puede ser el único puente con los demás. A veces un puente torcido, lleno de huecos, con tablas que crujen, pero puente al fin y al cabo.

En una fase maníaca, la palabra puede acelerarse, desbordarse, llenarse de asociaciones, certezas, símbolos, intuiciones y disparates. En una depresión, puede apagarse hasta casi desaparecer.

Por eso el lenguaje es tan importante. Lo que decimos, cómo lo decimos y cómo nos escuchan puede orientar a los demás sobre dónde estamos: si seguimos conectados a la realidad, si nos estamos alejando de ella o si empezamos a regresar.

A veces la vuelta a la normalidad empieza precisamente por recuperar un discurso reconocible.

La literatura de la bipolaridad

También me interesa mucho la literatura asociada al trastorno bipolar.

No me refiero a la literatura médica, sino a los relatos escritos por personas que han intentado contar desde dentro qué se siente durante una depresión, una hipomanía, una manía o una crisis psicótica.

No hay tantos testimonios como cabría esperar.

Se ha relacionado retrospectivamente a muchos escritores con el trastorno bipolar o con otros trastornos del ánimo: Virginia Woolf, Sylvia Plath, Edgar Allan Poe, Anne Sexton, Robert Lowell, entre otros. Pero una cosa es que una biografía permita sospechas clínicas y otra muy distinta es que esas personas escribieran con plena conciencia diagnóstica sobre “su bipolaridad”, tal como hoy la entendemos.

Además, diagnosticar a muertos siempre tiene algo de deporte peligroso.

Puede resultar sugerente, pero también injusto.

Contar la manía desde dentro

Creo que cualquier persona que haya sufrido una manía podría contar muchas cosas sobre esos viajes extraños a través de la conciencia.

Viajes en los que todo parece tener sentido. En los que las conexiones se multiplican. En los que las palabras brillan demasiado. En los que uno cree haber entendido por fin lo que antes se le escapaba. En los que la vida, la muerte, el amor, el destino, la culpa, Dios, el sexo, el miedo y la propia biografía pueden mezclarse en una especie de mapa privado y delirante.

Pero contarlo bien es muy difícil.

Primero, porque mientras ocurre no siempre somos capaces de verlo con claridad. Y después, porque cuando regresamos, muchas de aquellas certezas se vuelven vergonzosas, absurdas, dolorosas o imposibles de traducir.

¿Cómo se explica una revelación que luego resulta ser un disparate?

¿Cómo se cuenta una alegría que tenía dentro una amenaza?

¿Cómo se describe una lucidez falsa?

Entre la experiencia y el relato

Ahí está el problema: vivirlo no significa saber contarlo.

Uno puede haber pasado por una manía y aun así no encontrar las palabras. Puede recordar escenas, frases, impulsos, símbolos, miedos, pero no el hilo interno que lo unía todo. Puede saber que aquello fue importante y, al mismo tiempo, no saber qué demonios significaba.

La experiencia mental extrema se resiste mucho al relato ordenado.

Y, sin embargo, necesitamos esos relatos.

Los necesitamos para reconocernos. Para que otros sepan que no están solos. Para que las familias comprendan mejor. Para que los médicos no reduzcan todo a síntomas. Para que la enfermedad no quede encerrada únicamente en informes clínicos, escalas, dosis y diagnósticos.

No todo debe contarlo el médico

La medicina es imprescindible. Pero no puede contarlo todo.

Un psiquiatra puede describir síntomas, clasificar fases, ajustar medicación y explicar criterios diagnósticos. Pero hay una parte de la enfermedad que solo puede contar quien la ha vivido desde dentro.

Qué se siente cuando la cabeza se acelera.

Qué se siente cuando la realidad empieza a cambiar de textura.

Qué se siente cuando una depresión te deja sin voz.

Qué se siente al volver y darte cuenta de lo que has dicho, hecho o perdido.

Esa literatura íntima de la bipolaridad es necesaria. No sustituye a la medicina, pero la completa desde otro lugar.

El derecho a nombrarnos

Por eso me interesa tanto el nombre de la enfermedad.

Psicosis maníaco-depresiva. Trastorno afectivo bipolar. Trastorno bipolar. TAB. Bipolaridad.

Cada expresión arrastra una historia y produce un efecto distinto.

Yo no creo que haya que obsesionarse con la corrección terminológica hasta volvernos insoportables. Pero sí creo que debemos tener derecho a nombrarnos de una manera que no nos aplaste.

No para negar la gravedad de la enfermedad. El trastorno bipolar puede ser devastador. Puede destruir años de vida, relaciones, trabajos, proyectos y autoestima.

Pero una cosa es reconocer la gravedad y otra aceptar palabras que nos convierten en monstruos, rarezas o caricaturas.

Una invitación

Quizá por eso este blog existe.

Para poner palabras donde muchas veces solo hay vergüenza, confusión o silencio.

No soy especialmente bueno contando ciertas zonas de mi experiencia. Hay cosas que todavía se me escapan, quizá porque duelen, quizá porque fueron demasiado extrañas, quizá porque al escribirlas pierden la fuerza o adquieren una claridad que no tuvieron.

Pero creo que merece la pena intentarlo.

Y quizá a ti también te apetezca hacerlo.

Si tienes trastorno bipolar y quieres contar cómo has vivido una depresión, una hipomanía, una manía, un ingreso, un diagnóstico, una recaída o una vuelta a la estabilidad, este puede ser un buen sitio para hacerlo.

No hace falta escribir literatura con mayúsculas. Basta con intentar decir la verdad.

Porque las palabras importan.

Y a veces, cuando la enfermedad nos deja aislados, una palabra bien puesta puede ser la primera forma de volver.

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2 respuestas

  1. Hola Carlos! Te he escrito un mensaje felicitandote por este artículo y no sé porque no sale público. Un saludo

    1. Hola, Begoña.
      En primer lugar, déjame darte las gracias por tu felicitación, te la agradezco un montón.
      He visto que me has escrito varios comentarios. Perdona si no los has podido ver hasta ahora, pero es que los filtro antes de publicarlos porque nunca falta un payaso que dice alguna memez y, la verdad, no me apetece publicársela si es el caso. Pero, como ves, tus comentarios llegan y se publican, no te preocupes. (En ese caso, como escribiste varias veces más o menos el mismo mensaje, únicamente te publico este, pero solo por esa razón).
      Por cierto, te animo mucho a que escribas tus vivencias. Yo decía en mi post que me cuesta hablar de mí mismo. Quizás es porque me resulta demasiado doloroso recordar y por eso prefiero mirar hacia el frente…
      Un beso fuerte, Begoña, gracias de nuevo ¡y adelante con tu propósito!

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