Trastorno bipolar y suicidio: una cifra que debería sacudirnos

Hay cifras que uno lee y no olvida.

Una de ellas apareció en un reportaje de ABC sobre el trastorno bipolar: según aquel artículo, un 25% de los suicidios que se producen en las sociedades modernas estarían vinculados con los efectos negativos de esta enfermedad y con su tratamiento inexistente o erróneo.

La cifra es brutal.

Tan brutal que conviene manejarla con cuidado. No voy a presentarla como si fuera una piedra bajada del Sinaí, porque no siempre es fácil saber de dónde sale exactamente una estimación de este tipo ni cómo se ha calculado. Pero tampoco voy a esconder lo esencial: el trastorno bipolar está asociado a un riesgo suicida muy alto, especialmente cuando no está diagnosticado, cuando está mal tratado, cuando se confunde con una depresión común o cuando el paciente queda solo frente a la enfermedad.

Y eso debería escandalizarnos.

Antes de seguir: si estás leyendo esto porque tienes ideas de suicidio o miedo a hacerte daño, no sigas solo con la pantalla. En España puedes llamar al 024, línea de atención a la conducta suicida, gratuita y confidencial. Si hay peligro inmediato, llama al 112 o acude a urgencias.

Una cifra que no podemos despachar

Supongamos por un momento que ese 25% no fuera exacto.

Supongamos que la cifra real fuera menor. Incluso así, el problema seguiría siendo enorme. Porque no estamos hablando de una rareza estadística ni de un accidente marginal. Estamos hablando de una enfermedad que puede llevar a algunas personas a un sufrimiento tan intenso que la muerte empieza a parecerles una salida.

Y eso no se puede maquillar.

El suicidio no aparece porque alguien “sea débil”, ni porque “quiera llamar la atención”, ni porque “no valore la vida”. Esa clase de frases, además de crueles, son una estupidez. El suicidio suele aparecer en contextos de sufrimiento extremo, desesperanza, aislamiento, depresión profunda, impulsividad, consumo de sustancias o pérdida de perspectiva.

Y el trastorno bipolar puede reunir varias de esas condiciones en una misma persona.

No es solo depresión

Cuando se habla de suicidio y trastorno bipolar, mucha gente piensa únicamente en la depresión. Y es lógico: la depresión bipolar puede ser insoportable.

Pero el riesgo no pertenece solo a la depresión clásica.

También puede aparecer en los estados mixtos, esos infiernos en los que uno tiene al mismo tiempo sufrimiento depresivo y activación. Es decir, desesperación más energía. Dolor más inquietud. Hundimiento más impulso.

Una combinación peligrosísima.

Por eso es tan importante no confundir el trastorno bipolar con una simple alternancia entre estar muy contento y estar muy triste. La enfermedad es mucho más compleja, más traicionera y, a veces, más oscura.

El retraso diagnóstico también mata

El mismo reportaje señalaba otro dato difícil de aceptar: el retraso en el diagnóstico, especialmente en el trastorno bipolar tipo II, puede rondar los diez años.

Diez años.

Diez años tomando quizá antidepresivos sin estabilizador. Diez años creyendo que uno tiene una depresión recurrente, un carácter difícil, ansiedad, mala suerte o una personalidad defectuosa. Diez años sin entender por qué las cosas se repiten, por qué las subidas no duran, por qué las bajadas arrasan, por qué la vida parece un mecanismo que se rompe siempre por el mismo sitio.

Que el diagnóstico sea difícil es comprensible. Que el retraso pueda prolongarse una década debería obligarnos a revisar muchas cosas.

Porque mientras el diagnóstico no llega, la enfermedad sí está ahí.

Y no espera educadamente en una sala de espera.

Tratamiento inexistente o erróneo

La expresión “tratamiento inexistente o erróneo” me parece especialmente importante.

Una persona con trastorno bipolar sin tratar está mucho más expuesta. Y una persona tratada como si tuviera otra cosa también puede estarlo. No porque los médicos sean inútiles, sino porque el trastorno bipolar puede esconderse muy bien, sobre todo cuando la persona consulta durante fases depresivas y las hipomanías pasan desapercibidas, se interpretan como mejorías o incluso como rasgos positivos de carácter.

“Ahora está mejor, más activo, más sociable, más seguro”.

Sí. O quizá está empezando a subir.

Por eso es tan importante contar bien la historia completa: no solo las depresiones, sino también las etapas de aceleración, reducción del sueño, irritabilidad, impulsividad, gastos, aumento de actividad, sensación de poder con todo o cambios llamativos de conducta.

El psiquiatra necesita esa información. Y muchas veces también la necesita la familia, porque el propio paciente no siempre ve la subida como un problema.

El litio, la medicación y la prevención

No me gusta convertir ningún medicamento en objeto de culto, pero tampoco conviene olvidar lo evidente: el tratamiento salva vidas.

En el trastorno bipolar, la medicación no es un adorno. No es una muleta moral. No es una muestra de debilidad. Es una herramienta médica para reducir recaídas, estabilizar el ánimo y evitar que la enfermedad arrase la vida cada cierto tiempo.

El litio, cuando está indicado y controlado médicamente, tiene además un papel especialmente relevante en la reducción del riesgo suicida. No significa que sirva para todo el mundo ni que deba tomarse sin vigilancia. Significa que abandonar la medicación, cambiar dosis por cuenta propia o jugar a ser más listo que la enfermedad puede ser una temeridad.

Y lo digo con toda la simpatía posible: en esto no conviene hacerse el héroe.

Hablar del suicidio no provoca suicidios

Durante años se ha hablado poco del suicidio por miedo al efecto llamada.

Ese miedo no es absurdo del todo: hablar mal del suicidio, con morbo, con detalles innecesarios, con romanticismo o presentándolo como una salida comprensible, puede ser peligroso.

Pero callar también mata.

Hablar de suicidio de forma responsable no consiste en describir métodos ni en recrearse en tragedias. Consiste en decir que existe, que puede prevenirse, que hay señales de alarma, que hay ayuda, que no hay que dejar sola a una persona en riesgo y que pedir auxilio no es una vergüenza.

En salud mental, el silencio suele parecer prudencia, pero muchas veces es abandono con buena educación.

Los pacientes estamos demasiado callados

Hay otra cosa que me cuesta entender: lo callados que estamos los pacientes.

Y digo “me cuesta entender” sabiendo perfectamente por qué ocurre. Porque tenemos miedo. Miedo a perder el trabajo. Miedo a que nos miren de otra manera. Miedo a que una pareja se asuste. Miedo a que los amigos se retiren. Miedo a que cualquier error futuro se atribuya al diagnóstico.

No es paranoia. Es experiencia.

Pero el precio de ese silencio es altísimo. Si no hablamos, la sociedad no entiende. Si no entiende, no exige recursos. Si no exige recursos, los diagnósticos se retrasan, las unidades especializadas son insuficientes, las familias improvisan y los pacientes siguen atravesando solos una enfermedad que no debería atravesarse solo.

Así que sí: hablar tiene riesgos.

Pero callar también.

Qué deberíamos exigir

No basta con lamentarse cada vez que aparece una estadística terrible.

Hacen falta diagnósticos más rápidos, mejor formación en atención primaria, más psiquiatras, más psicólogos clínicos, más unidades especializadas en trastorno bipolar, más psicoeducación para pacientes y familias, más seguimiento tras ingresos, más prevención del consumo de drogas y una atención mucho más seria a los cambios de sueño, estrés y conducta.

También hace falta que las familias sepan qué mirar.

No para convertirse en policías del ánimo, sino para detectar señales tempranas: dormir poco sin cansancio, aceleración, gastos, irritabilidad, aislamiento, desesperanza, abandono de medicación, consumo de sustancias, frases de despedida, sensación de ser una carga o cambios bruscos en la conducta.

Cuando aparecen esas señales, no hay que esperar a ver qué pasa.

Hay que actuar.

El suicidio no es un destino

Conviene decirlo claramente: tener trastorno bipolar no significa estar condenado al suicidio.

La mayoría de las personas con trastorno bipolar no mueren por suicidio. Muchas viven, trabajan, quieren, crían hijos, escriben libros, hacen bromas malas, pagan facturas, se enamoran, se equivocan y llevan una vida razonablemente normal.

Pero para que eso sea posible, la enfermedad debe tomarse en serio.

Ser optimista no consiste en negar el riesgo. Consiste en conocerlo para reducirlo.

Y el riesgo se reduce con diagnóstico, tratamiento, medicación, sueño, apoyo, seguimiento médico, información y una red que no desaparezca cuando la persona se hunde o se acelera.

No queremos compasión: queremos respuesta

Las cifras dan vértigo.

Pero detrás de las cifras no hay porcentajes. Hay personas. Hay familias. Hay amigos. Hay historias que podrían haber continuado.

Por eso no necesitamos compasión teatral ni campañas bonitas de un día. Necesitamos respuesta. Necesitamos recursos. Necesitamos que el trastorno bipolar se explique mejor, se diagnostique antes y se trate con más continuidad.

Y necesitamos que quienes lo padecemos podamos hablar sin que el mundo se aparte un paso.

Porque quizá esa sea una de las formas más básicas de prevención: que una persona pueda decir “estoy mal” sin sentir que acaba de arruinar su vida social, laboral o afectiva.

Una última cosa

Si estás diagnosticado de trastorno bipolar y llevas días pensando que no puedes más, no intentes resolverlo tú solo.

No negocies a solas con la desesperación.

Habla con alguien. Llama a tu psiquiatra. Acude a urgencias. Llama al 024. Llama al 112 si el riesgo es inmediato. Díselo a un familiar, a un amigo, a quien tengas más cerca.

No hace falta que expliques todo perfectamente.

Basta con decir: “Tengo miedo de hacerme daño. Necesito ayuda ahora”.

Esa frase puede salvarte la vida.

Y tu vida, aunque ahora no puedas sentirlo, importa.

Fuentes consultadas

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