Blanca Fernández Ochoa y el dolor que no siempre se ve

La muerte de Blanca Fernández Ochoa conmocionó a muchas personas.

No solo porque fuera una deportista enorme, la primera mujer española en ganar una medalla olímpica de invierno, sino porque su final dejó al descubierto algo que sigue costándonos mirar de frente: el sufrimiento psíquico puede estar mucho más cerca de lo que creemos, incluso en vidas que desde fuera parecen llenas de fuerza, éxito y reconocimiento.

Cuando una persona conocida muere en circunstancias relacionadas con el suicidio, aparecen siempre las mismas tensiones: el respeto a la familia, el miedo al morbo, la prudencia informativa y, al mismo tiempo, la necesidad de no seguir escondiendo una realidad que mata a demasiadas personas cada año.

Hablar sin morbo

Hablar del suicidio no significa recrearse en él.

De hecho, debería significar justo lo contrario: evitar detalles innecesarios, no convertir la muerte en espectáculo, no buscar explicaciones simples y no reducir una vida entera a su final.

En el caso de Blanca Fernández Ochoa, los medios publicaron que su entorno había reconocido que convivía con trastorno bipolar. También se habló mucho de su situación personal, familiar y económica.

Pero ninguna vida se explica desde una sola causa.

El suicidio rara vez responde a un único motivo. No se puede decir seriamente que alguien se quite la vida “por” una separación, “por” una deuda, “por” una enfermedad o “por” una mala etapa. Suele haber una acumulación de sufrimiento, vulnerabilidad, desesperanza, aislamiento, enfermedad, agotamiento y circunstancias personales que desde fuera solo vemos parcialmente.

El trastorno bipolar y el riesgo suicida

El trastorno bipolar no conduce necesariamente al suicidio. Es importante decirlo así, con claridad.

Muchas personas con trastorno bipolar viven, trabajan, aman, se estabilizan, recaen, vuelven a levantarse y construyen vidas valiosas.

Pero también es cierto que el trastorno bipolar puede aumentar el riesgo de conducta suicida, especialmente en fases depresivas, mixtas, tras crisis graves, con consumo de sustancias, falta de tratamiento, aislamiento o sensación de pérdida irreversible.

Quien ha vivido una depresión bipolar profunda sabe que no se parece a una tristeza normal. Puede convertirse en una especie de túnel mental donde el futuro desaparece, la culpa se agranda, la energía se hunde y la idea de seguir viviendo empieza a parecer imposible.

Por eso no basta con decir “tenía gente que la quería” o “tenía motivos para vivir”. Desde fuera, esos motivos pueden ser evidentes. Desde dentro de una depresión grave, a veces dejan de sentirse accesibles.

La soledad acompañada

Una de las cosas más difíciles de entender es que una persona puede estar rodeada y sentirse sola.

Puede tener familia, amigos, admiradores, historia, logros y aun así vivir una soledad íntima que nadie detecta del todo. Puede sonreír, contestar mensajes, hacer planes o aparentar normalidad mientras por dentro se va quedando sin fuerzas.

Esto no significa que la familia falle. No significa que los amigos no miren. No significa que nadie tenga la culpa.

Significa que el sufrimiento psíquico puede ocultarse muy bien. Y que muchas personas, incluso cuando están muy mal, siguen protegiendo a los demás de su propio dolor.

No mancha una memoria

Durante mucho tiempo se ha hablado del suicidio como si fuera una vergüenza.

Como si decir que alguien murió así manchara su memoria, dañara a su familia o insinuara una especie de fracaso moral.

Ese estigma es injusto y cruel.

Una persona que muere por suicidio no queda reducida a esa muerte. Sigue siendo todo lo que fue: su infancia, sus vínculos, su trabajo, sus logros, sus contradicciones, su carácter, su dolor y su forma de estar en el mundo.

Blanca Fernández Ochoa no fue solo su final. Fue una deportista histórica, una mujer admirada, una hermana, una madre, una persona concreta con una vida mucho más amplia que la noticia de su muerte.

Lo que sí deberíamos aprender

Si tiene sentido escribir sobre este tema, no es para reconstruir sus últimos momentos ni para convertir su intimidad en una lección pública.

Tiene sentido si nos ayuda a hablar mejor del trastorno bipolar, de la depresión, del suicidio y de la necesidad de pedir ayuda antes de que el dolor se vuelva insoportable.

También debería ayudarnos a estar más atentos a ciertas señales: aislamiento, desesperanza, despedidas extrañas, abandono de tratamientos, cambios bruscos de conducta, consumo de alcohol u otras sustancias, insomnio grave, frases de inutilidad o de carga para los demás, o una calma repentina después de un periodo muy oscuro.

No siempre podremos verlo. No siempre podremos evitarlo. Pero podemos aprender a no mirar hacia otro lado.

Hablar puede ayudar

La Organización Mundial de la Salud insiste en que hablar del suicidio de forma responsable puede ayudar a prevenirlo. Lo peligroso no es hablar; lo peligroso es hacerlo con morbo, detalle, romanticismo o simplificaciones.

Hablar bien significa decir que hay ayuda. Que el sufrimiento puede cambiar. Que una crisis suicida no tiene por qué ser definitiva. Que pedir auxilio no es avergonzarse, sino intentar ganar tiempo para que la vida vuelva a ser soportable.

Si estás leyendo esto y te reconoces en esa oscuridad, no te quedes solo.

En España, ante una emergencia vital, llama al 112. Si tienes ideas suicidas o temes por alguien cercano, también puedes contactar con la Línea 024 de atención a la conducta suicida, un servicio nacional, gratuito, confidencial y disponible todos los días del año.

Descansa en paz

Hablar de Blanca Fernández Ochoa debería servir, ante todo, para recordarla con respeto.

Y también para recordar algo más amplio: detrás de muchas vidas aparentemente fuertes puede haber un sufrimiento que no se ve.

Por eso necesitamos menos vergüenza, menos silencio, menos juicio y más cuidado.

Descansa en paz, Blanca.

Fuentes consultadas

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2 respuestas

  1. Carlos, hace tanta falta hablar de estos temas, sobre todo de manera imparcial. Hablar del suicidio no invita a este ni aumenta su tasa. Y alguien que se suicida, más allá de si estuvo bien o mal, es algo real, que pasa y, cómo dices, es primordial indagar en el por qué y el cómo. Algunos creen que ello es un acto de cobardía, otros de valentía; lo cierto es que, sin importar lo que cada uno opine, los pensamientos suicidas ocurren en una parte importante de la población y una de las cosas más angustiantes para quien piensa en ello, es enfrentarse a la culpa y el estigma social, por el mero hecho de querer rendirse, de estar deprimidos, con o sin diagnóstico. Muchas gracias por tus aportes a través de este blog. Bendiciones

    1. Hola, Mariel.
      Si no me equivoco, Blanca Fernández Ochoa murió en septiembre de 2019, hace ahora más o menos un año.
      Escribí esta entrada en aquel momento y no la he vuelto a releer hasta ahora. Por lo demás, nadie en la prensa ha vuelto a hablar de esta mujer desde entonces. Recuerdo que se dijo que su muerte podía haber sido un accidente (hipótesis difícil de sostener en una persona que se conocía el lugar de su muerte como la palma de la mano y que llevaba un cargamento de litio, al menos, en su mochila) hasta que finalmente la razón se impuso, aunque por la vía del silencio, y «socialmente» se asumió —aunque no se reconoció— la realidad del suicidio.
      Estoy totalmente de acuerdo con tu tesis: si no se habla de algo, no existe. Podemos obviar los suicidios del mismo modo que la violencia machista o el cambio climático. Y así nos irá. Porque es imposible afrontar lo que no existe. Y la ocultación es tan fuerte que a día de hoy (aunque en el futuro la televisión y otros medios resuciten al «personaje») no solo no existe el suicidio, sino que en virtud de esa actitud ni siquiera existe la persona.

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