¿Ha cambiado algo? «Recuerdos» y el miedo al ingreso psiquiátrico

Hace un tiempo recibí un correo de una chica que me invitaba a leer un libro suyo y, si me parecía interesante, a reseñarlo en esta página.

Le dije que me lo enviara. Lo leería y, si encontraba algo que mereciera ser comentado aquí, escribiría sobre él.

La autora se llama Yolanda Espinosa y el libro se titula Recuerdos (Caudal, 2020). En la cubierta aparece una advertencia significativa: «Obra basada en hechos reales».

Un brote contado desde dentro

Recuerdos es una obra breve, de unas cien páginas, escrita en forma de novela.

La protagonista, Almudena, narra en primera persona el desarrollo de un brote psicótico durante su estancia en un hospital psiquiátrico. No estamos, por tanto, ante una explicación clínica ni ante un análisis externo de la enfermedad, sino ante algo más directo: la vivencia subjetiva de una persona ingresada.

Eso ya le da interés al libro.

Quien ha atravesado un brote sabe que contarlo después no es sencillo. La memoria queda a veces rota, fragmentada, llena de zonas confusas. Y aun así, cuando alguien logra poner palabras a esa experiencia, aunque sea desde la literatura, puede ofrecernos una verdad que no aparece en los manuales.

Lo más inquietante no es solo el brote

Sin embargo, lo que más me llamó la atención del libro no fue la descripción del brote, aunque tiene la fuerza de lo contado desde dentro.

Lo más inquietante es el ambiente que rodea a la protagonista durante su ingreso.

En el relato, el hospital aparece como un espacio frío, hostil, casi siniestro. Y esa sensación no nace solo de las visiones, las ideas delirantes o el estado emocional de Almudena. Nace, sobre todo, de la forma en que ella percibe el trato recibido: la distancia del personal, la falta de humanidad, la sensación de estar sometida a una autoridad que no explica, no escucha y no acompaña.

No puedo saber, naturalmente, cuánto hay de reconstrucción literaria y cuánto de transcripción exacta de lo vivido. Pero precisamente por eso el libro resulta incómodo: porque no se limita a hablar de la enfermedad, sino también del miedo que puede producir el lugar donde supuestamente uno debería sentirse protegido.

La sombra de Los renglones torcidos de Dios

Mientras leía Recuerdos, me vino a la cabeza una novela muy conocida: Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena, publicada en 1979 y adaptada al cine en 2022 por Oriol Paulo.

No digo que sean libros equivalentes. La novela de Luca de Tena es más ambiciosa, más extensa y juega con una intriga muy distinta. Recuerdos es una obra más breve, más directa y más testimonial.

Pero hay un punto de contacto evidente: la experiencia del encierro psiquiátrico como espacio de angustia.

En ambos relatos aparece una sensación parecida: la de una protagonista encerrada en un lugar donde la frontera entre tratamiento, control y desamparo resulta inquietante. Un lugar donde el paciente puede sentirse menos como una persona enferma que necesita ayuda y más como alguien desposeído de voz.

Cuarenta años después

Entre la novela de Torcuato Luca de Tena y el libro de Yolanda Espinosa hay más de cuarenta años de distancia.

Y ahí está la pregunta que incomoda: ¿ha cambiado todo lo que debería haber cambiado?

Sería injusto decir que la atención psiquiátrica actual es igual que la de hace décadas. No lo es. Han cambiado los tratamientos, los derechos de los pacientes, el lenguaje, la sensibilidad social y muchas prácticas clínicas.

Pero también sería ingenuo negar que todavía hay relatos de ingresos vividos con miedo, soledad, incomprensión o trato poco humano.

No todos los hospitales son iguales. No todos los profesionales actúan igual. Hay psiquiatras, psicólogos, enfermeros y auxiliares que trabajan con enorme humanidad en condiciones muchas veces difíciles.

Pero cuando una persona vulnerable vive un ingreso como una experiencia de terror, algo merece ser escuchado.

El ingreso psiquiátrico no debería añadir sufrimiento

Un ingreso puede ser necesario. A veces salva vidas. A veces es la única forma de contener una crisis grave, proteger a la persona y permitir que el tratamiento empiece a hacer efecto.

Pero precisamente por eso debería cuidarse muchísimo la forma en que se hace.

Una persona en brote, en depresión grave, en crisis suicida o en un estado de gran desorganización no necesita solo medicación y control. Necesita también explicación, respeto, presencia, información comprensible y un trato que no la haga sentirse castigada por estar enferma.

El sufrimiento clínico ya es bastante duro. El sistema no debería añadir humillación, miedo o desamparo.

Una lectura útil para pacientes y familias

Recuerdos puede interesar especialmente a personas que hayan sufrido un trastorno bipolar, una psicosis o un ingreso psiquiátrico.

También puede ser útil para familiares. No porque deban desconfiar sistemáticamente de los profesionales, sino porque conviene estar presentes, preguntar, acompañar y no dar por hecho que la persona ingresada deja de necesitar mirada, escucha y protección afectiva.

Cuando alguien ingresa en una unidad psiquiátrica, la familia suele estar asustada y desorientada. Es comprensible. Pero precisamente por eso es importante no desaparecer. Acompañar no significa interferir en el tratamiento. Significa recordar que el paciente sigue siendo una persona con historia, dignidad y vínculos.

Una pregunta incómoda

No sé si Recuerdos es una gran novela. Quizá no sea esa la cuestión.

Lo valioso del libro está en otro lugar: en la incomodidad que deja. En esa pregunta que aparece mientras uno lee y que no se va del todo al cerrar el libro:

¿pero es que no ha cambiado nada?

Seguramente sí ha cambiado mucho.

Pero mientras haya personas que vivan un ingreso psiquiátrico como una experiencia de miedo, silencio y deshumanización, todavía queda demasiado por cambiar.

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Un comentario

  1. En primer lugar, quería agradecerte que hayas dedicado algo de tu tiempo a leer mi novela y a escribir tu reseña. Haces una gran labor con tu blog.
    Esperemos que, al alzar la voz y contar nuestra experiencia en los internamientos, ayude a mejorar el trato de los facultativos. También espero que no todos los internados hayan tenido una experiencia tan mala y dura como la mía. La realidad muchas veces supera a la ficción.

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