Suicidio en jóvenes y trastorno bipolar: hablar para prevenir

No me gusta hablar del suicidio, pero creo que es necesario hacerlo. Si este blog trata sobre trastorno bipolar y evita este tema, estaría dejando fuera una de las realidades más duras asociadas a la enfermedad.

Conviene decirlo desde el principio: hablar del suicidio no lo provoca. Lo peligroso no es nombrarlo, sino dejarlo encerrado en el silencio, la vergüenza o el “no será para tanto”. El suicidio es un problema de salud pública, una tragedia personal y familiar, y una urgencia cuando el riesgo está presente.

También conviene decir otra cosa: el suicidio se puede prevenir. No siempre, no de forma mágica, no con frases bonitas. Pero sí con detección, tratamiento, acompañamiento, recursos adecuados y una sociedad menos torpe a la hora de mirar el sufrimiento de frente.

Suicidio y juventud: una realidad que no podemos maquillar

Según la Organización Mundial de la Salud, más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año en el mundo, y el suicidio es una de las principales causas de muerte entre las personas de 15 a 29 años. No hablamos, por tanto, de un asunto marginal ni de una rareza estadística.

En España, los datos provisionales del INE para 2024 registraron 3.846 muertes por suicidio. La cifra bajó respecto al año anterior, pero sigue siendo enorme. Detrás de cada número hay una persona, una familia, amigos, compañeros y una herida que no se cierra fácilmente.

Cuando hablamos de jóvenes, el problema tiene una dimensión especialmente dolorosa. La adolescencia y la primera juventud son etapas de construcción, de identidad, de vínculos, de futuro. Pero también pueden ser etapas de mucha vulnerabilidad: presión social, soledad, acoso, fracaso académico, precariedad, consumo de sustancias, problemas familiares, ansiedad, depresión o trastornos mentales que empiezan a dar la cara.

Trastorno bipolar y riesgo suicida

En el trastorno bipolar, el riesgo de suicidio es especialmente importante. No porque todas las personas con trastorno bipolar vayan a tener ideas suicidas, ni mucho menos, sino porque la enfermedad puede llevar a estados emocionales muy extremos.

Durante una depresión bipolar, la persona puede sentirse hundida, culpable, agotada, inútil o convencida de que su vida no tiene salida. En los episodios mixtos, además, puede aparecer una combinación muy peligrosa: desesperación depresiva junto con agitación, impulsividad e insomnio. Y tras una crisis maníaca o psicótica, cuando la persona empieza a tomar conciencia de lo ocurrido, también puede aparecer vergüenza, miedo, ruina emocional o sensación de haberlo perdido todo.

Por eso el trastorno bipolar no debe tratarse como un simple problema de carácter, ni como una colección de “altibajos”. Es una enfermedad seria, que necesita seguimiento, tratamiento y prevención de recaídas. La medicación, la psicoterapia, la psicoeducación, el sueño regular, la reducción del consumo de sustancias y una red de apoyo pueden marcar una diferencia enorme.

Señales de alarma

No siempre es fácil detectar el riesgo suicida. A veces la persona lo dice claramente. Otras veces lo insinúa. Y otras no dice nada, pero su conducta cambia de forma preocupante.

Algunas señales que deberían tomarse muy en serio son:

  • Hablar de querer morir, desaparecer o no seguir viviendo.
  • Decir que los demás estarían mejor sin uno.
  • Despedirse de forma extraña o cerrar asuntos personales de manera precipitada.
  • Aislarse mucho más de lo habitual.
  • Mostrar desesperanza intensa: “esto no tiene arreglo”, “no puedo más”, “nunca voy a salir de aquí”.
  • Aumentar el consumo de alcohol u otras drogas.
  • Pasar de una angustia extrema a una calma repentina y difícil de explicar.
  • Abandonar el tratamiento o dejar la medicación sin consultar.
  • Regalar pertenencias importantes o poner “en orden” asuntos personales de forma llamativa.

Ninguna señal aislada permite adivinar el futuro, pero si algo preocupa, es mejor pasarse de prudente que quedarse corto. Preguntar, acompañar y pedir ayuda no empeora la situación. La soledad, en cambio, sí puede empeorarla.

Qué hacer si alguien habla de suicidio

Lo primero es tomárselo en serio. No ridiculizar, no minimizar, no sermonear, no responder con frases del tipo “pero si lo tienes todo” o “eso es una tontería”. Cuando una persona está en ese estado, no necesita una lección moral: necesita presencia, escucha y ayuda real.

Puede ayudar decir algo sencillo y directo:

“Me preocupa lo que estás diciendo. No quiero que pases esto solo. Vamos a pedir ayuda ahora.”

Si hay riesgo inmediato, no hay que negociar con la situación ni esperar a que “se le pase”. Hay que llamar a emergencias, acudir a urgencias o contactar con los recursos disponibles. También es importante que la persona no se quede sola y reducir el acceso a cualquier medio con el que pueda hacerse daño.

Si eres tú quien está pensando en suicidarse

Si estás leyendo esto y tienes ideas suicidas, no tienes que resolver tu vida entera ahora. Solo tienes que hacer una cosa: pedir ayuda antes de hacerte daño.

En España puedes llamar al 024, la Línea de atención a la conducta suicida del Ministerio de Sanidad. Es gratuita, confidencial, funciona todos los días del año y atiende a personas con ideación suicida, familiares y allegados. Si existe una emergencia vital inminente, llama directamente al 112 o acude a urgencias.

No hace falta que tengas un discurso preparado. Puedes llamar y decir simplemente: “Estoy pensando en suicidarme” o “tengo miedo de hacerme daño”. Eso basta para empezar.

Prevenir también es cuidar antes de la crisis

En el trastorno bipolar, la prevención no empieza cuando la persona ya está al límite. Empieza mucho antes: en las revisiones, en el sueño, en la medicación, en aprender las señales tempranas, en hablar con la familia, en evitar sustancias, en reconocer cuándo una depresión está dejando de ser “un mal momento” para convertirse en una zona de peligro.

También empieza dejando de tratar el suicidio como una vergüenza. El silencio no protege. La información responsable, el acompañamiento y el acceso rápido a ayuda profesional sí pueden proteger.

No podemos salvar a todo el mundo con una entrada de blog. Ojalá. Pero sí podemos contribuir a algo importante: que una persona que está sufriendo no se sienta tan sola, que un familiar se atreva a preguntar, que un amigo no mire hacia otro lado, que alguien llame antes de hacerse daño.

Y eso, aunque parezca poco, puede ser muchísimo.

Fuentes consultadas

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