Trastorno «amoroso» bipolar: cuando enamorarse desestabiliza

Esta entrada es especialmente personal y bastante especulativa.

No pretende sentar cátedra, ni formular una teoría general sobre el trastorno bipolar, ni explicar lo que les pasa a todos. Hablo de mí. De mi historia, de mis brotes y de una sospecha que me acompaña desde hace tiempo: en mi caso, el enamoramiento ha sido uno de los grandes desencadenantes de la desestabilización.

Quizá a ti te ocurra algo parecido. O quizá no. El trastorno bipolar tiene patrones comunes, sí, pero cada biografía tiene su propia forma de incendiarse.

El huevo, la gallina y la química cerebral

Siempre me ha intrigado una pregunta: ¿qué aparece primero en un brote?

¿Una alteración biológica que arrastra la psicología? ¿Un impacto emocional que altera la química del cerebro? ¿Una mezcla de las dos cosas? ¿Un terreno vulnerable que espera el estímulo adecuado para descompensarse?

No tengo una respuesta científica. Y desconfío de las respuestas demasiado simples.

El trastorno bipolar no es solo “química”, aunque la química importe muchísimo. Tampoco es solo psicología, aunque la historia personal, el estrés, el sueño, los vínculos y los acontecimientos vitales puedan influir mucho.

En mi experiencia, lo biológico y lo emocional no van cada uno por su lado. Se empujan, se mezclan y a veces se retroalimentan de una manera bastante traicionera.

El amor como terremoto

Revisando mis propios episodios, he visto algo que me cuesta ignorar.

En varios de mis brotes había, de una forma u otra, una historia amorosa por medio. O más exactamente: un enamoramiento. Una persona que se me había metido en la cabeza, en el cuerpo, en la imaginación y, a veces, en la vida.

No digo que el amor “cause” el trastorno bipolar. Sería una barbaridad.

Pero sí creo que, en mi caso, ciertos enamoramientos han funcionado como desencadenantes. Han producido una activación emocional tan intensa que, sumada a mi vulnerabilidad bipolar, ha terminado empujándome hacia una zona peligrosa.

El amor, cuando se mezcla con insomnio, fantasía, deseo, idealización, miedo al rechazo y una mente ya predispuesta a acelerarse, puede convertirse en un cóctel bastante serio.

Enamorarse no es lo mismo que estabilizarse

El enamoramiento tiene mala fama entre los cínicos y muy buena prensa entre las canciones.

Y algo de razón tienen las dos partes.

Enamorarse puede ser precioso. También puede ser una forma socialmente aceptada de perder un poco el juicio. Uno piensa demasiado, duerme peor, interpreta señales, exagera gestos, espera mensajes, imagina futuros, se siente más vivo y más vulnerable al mismo tiempo.

Todo eso puede ser normal.

Pero para una persona con trastorno bipolar, algunas de esas cosas se parecen demasiado a las primeras señales de una subida: menos sueño, más energía, pensamiento acelerado, sensación de destino, intensidad emocional, impulsividad, grandiosidad discreta o no tan discreta.

Y entonces conviene preguntarse: ¿estoy enamorado o estoy empezando a descompensarme? ¿O las dos cosas a la vez, que sería la opción más entretenida y menos recomendable?

La idealización como gasolina

Una de las partes peligrosas del enamoramiento es la idealización.

La otra persona deja de ser una persona concreta y empieza a convertirse en símbolo, promesa, salvación, destino, explicación de todo. De pronto parece que la vida tenía un argumento secreto y que esa persona lo acaba de revelar.

En alguien sin trastorno bipolar, eso puede terminar en una decepción más o menos manejable.

En alguien con vulnerabilidad a la manía o a la hipomanía, esa intensidad puede alimentar una subida.

No siempre. No necesariamente. Pero puede.

Y si además empezamos a dormir menos, a escribir mensajes larguísimos, a tomar decisiones precipitadas, a hacer planes desmesurados o a interpretar cada gesto como una señal cósmica, entonces quizá ya no estamos solo ante Cupido. Quizá hay que mirar también al psiquiatra, que tiene menos glamour, pero a veces resulta bastante más útil.

No se trata de prohibirse amar

La conclusión fácil sería: si enamorarse me desestabiliza, lo mejor es no enamorarme nunca más.

Una idea impecable sobre el papel. También completamente inútil, me temo.

Uno puede decidir no comprar tabaco, no beber alcohol o no entrar en determinadas páginas web. Pero decidir no enamorarse tiene algo de chiste malo. La vida, que no respeta nuestros planes de prevención, suele aparecer por donde le da la gana.

Así que quizá la solución no sea prohibirse el amor, sino aprender a reconocer qué hace el amor con nosotros.

En mi caso, eso significa tomarme muy en serio algunas señales.

Señales de alarma amorosa

Si aparece alguien y empiezo a notar ciertas cosas, conviene que me observe con más cuidado:

  • duermo menos y no me siento cansado;
  • pienso en esa persona de forma casi obsesiva;
  • interpreto cada detalle como una señal;
  • me siento especialmente inspirado, elegido o destinado;
  • hago planes demasiado rápidos;
  • escribo o hablo más de lo habitual;
  • me cuesta escuchar opiniones prudentes;
  • me irrita que alguien me diga que vaya despacio;
  • confundo intensidad con verdad.

Estas señales no significan que uno tenga que salir corriendo. Pero sí que conviene bajar un poco la velocidad.

Amar con cinturón de seguridad

Quizá las personas con trastorno bipolar no tengamos que renunciar al amor, pero sí aprender a enamorarnos con cinturón de seguridad.

Eso puede significar dormir aunque no apetezca, no tomar grandes decisiones en plena euforia, hablar con alguien de confianza, no abandonar rutinas, mantener el tratamiento, no multiplicar mensajes impulsivos y pedir opinión antes de convertir una historia reciente en el centro del universo.

No es muy romántico, ya lo sé.

Pero también es verdad que los brotes son todavía menos románticos. Y bastante más caros.

Mi diagnóstico particular

En lo que a mí respecta, saco varias conclusiones.

La primera: hay que ver qué fuerza tiene el amor, incluso para quienes nos hacemos los duros.

La segunda: en mi caso, el enamoramiento puede ser uno de los sentimientos más desestabilizadores que existen.

La tercera: cuando digo que el amor me vuelve loco, no siempre estoy hablando en metáfora.

Así que si alguna vez vuelvo a enamorarme y noto que empiezo a celebrar el acontecimiento con insomnio, grandiosidad, mensajes excesivos, planes delirantes y una confianza sospechosamente luminosa, procuraré hacer algo sensato: pedir ayuda antes de que Cupido se disfrace de brote.

Y si aun así llego tarde, al menos podré presentarme ante mi psiquiatra con un diagnóstico literario propio:

Trastorno Amoroso Bipolar.

No sé si entrará en el DSM, pero en mi biografía tiene varios capítulos.

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6 respuestas

  1. Yo estoy dagnosticada lo vivo clandestinamente ,huyo de medicaciones que anulen momento y vivo en una montaña rusa …el amor me lo desencadena y acabo huyendo de mis relaciones amorosas saboteando las y atacando las con bombas lapa

    1. Hola, Lucía.
      Dices que «huyes de medicaciones que anulen el momento y vives en una montaña rusa». Pero, ¿por qué haces eso? Entiendo que hayas tenido mala suerte en el pasado y no te hayan recetado adecuadamente, pero hoy día hay medicamentos suficientemente buenos como para atacar las diversas fases de la enfermedad sin que «te anulen el momento» y con unos efectos secundarios aceptables.
      A ver, no pretendo ni mucho menos criticarte, eres muy libre de hacer lo que quieras, ¿pero no estarás enganchándote a la euforia (desde la hipertimia a la psicosis) como si de una droga se tratara —y se trata—) porque piensas que esa es la verdadera vida, cuando en realidad es en esos casos cuando estás a merced de las circunstancias y cuando verdaderamente dejas de ser tú?
      Con lo que me cuentas no me puede extrañar que te cargues las relaciones, yo también lo he hecho muy bien en el pasado y espero no repetir, porque aquellos comportamientos solo fueron pruebas de mi descontrol y de mis vivencias psicológicas ajenas a la realidad.
      Y, Lucía, por favor, medícate. No sé cómo convencerte de que la medicación es tu aliada para estar bien. Es lo único que puede regular tu equilibrio psicológico, mantenerte en tu yo real y, desde luego, hacer que salgas de esa «montaña rusa» amorosa de la que en el mejor de los casos saldrás mareada y en el peor, magullada o rota.
      Un abrazo fuerte, Lucía.

  2. Yo admiró mucho como usted siendo la persona bipolar hace estos foros y sabe concientemente sus factores de riesgo. Algún día encontrará a una mujer que lo ame y comprenda. Lo digo yo que me enamore de un bipolar pero este no se medicaba, veía más bien su transtorno como algo positivo por su euforia…

    1. Hola, Reyes.
      Lo que pretendo humildemente es ayudar a que las parejas afectadas en alguno de sus miembros por la bipolaridad puedan salir adelante y no tiren por la borda una relación que podría ser bonita a causa de este trastorno. Creo firmemente que es posible que en muchos casos lo consigan, sin duda, pero para ello hay que tener una información adecuada sobre el trastorno, aceptarlo, seguir las instrucciones médicas y echarle mucha empatía y resiliencia, porque un bipolar en crisis es una persona muy difícil de tratar y eso no debemos olvidarlo nunca. Precisamente en esos momentos de crisis es cuando se ve si la relación resiste o no, porque en los momentos intercrisis, los bipolares son personas estupendas (al menos, la mayoría).
      Por cierto, ver la euforia como algo positivo es muy común pero muy dañino, porque implica para el bipolar vivir una situación irreal, pero es cierto que hay enfermos a los que la manía les engancha como una droga. Es una situación muy difícil de afrontar, porque estas personas piensan que si no están en euforia es como si la vida no tuviera color ni sentido, lo cual es un enorme error, pero es muy difícil de desterrar. Hace falta una psicoeducación adecuada para entender esto.
      En cuanto a mí, querida Reyes, no te preocupes, yo ya no tengo mucho interés en encontrar una mujer que como tú dices «me ame y me comprenda». Pero bueno, nunca se sabe y a veces el diablo enreda… 🙂

  3. Hay un tipo de paranoia que se llama erotomanía. Consiste en creer que otra persona está enamorada de ti, lo que te puede llevar a creer que también estás enamorada de ella. Puede confundir tanto a quien la sufre, como a la persona de la que supuestamente se está enamorado.
    Me ha encantado tu entrada. Ánimo con tu blog!!!

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