Cuarenta años de bipolaridad: un balance personal

Cuarenta años conviviendo con la bipolaridad dan para mucho.

Dan para escribir un libro entero, y en cierto modo ya lo he hecho. Pero hoy quiero dejar aquí algo más breve y más directo: un balance personal. No un informe clínico, no una explicación ordenada del trastorno, sino una mirada hacia atrás sobre lo que ha significado vivir con esta enfermedad durante casi toda mi vida adulta.

Porque el trastorno bipolar no es solo una sucesión de diagnósticos, síntomas y tratamientos. Es una forma de estar en el mundo que, cuando se descontrola, toca todo: la familia, el trabajo, el dinero, la autoestima, las amistades, el amor y la idea que uno tiene de sí mismo.

Tres brotes psicóticos

He pasado por tres brotes psicóticos.

La frase se escribe deprisa, pero pesa mucho. Tres veces la realidad dejó de ser un suelo firme. Tres veces mi mente entró en un territorio en el que las certezas se deforman, las señales parecen multiplicarse y uno puede llegar a actuar desde una lógica que, vista desde fuera, resulta incomprensible.

Un brote no se queda dentro de la cabeza. Sale hacia fuera. Afecta a quienes están cerca. Desordena relaciones, decisiones, conversaciones, trabajos, proyectos y vínculos. Después, cuando todo baja, no solo hay que recuperarse clínicamente. También hay que mirar alrededor y ver qué ha quedado en pie.

Y eso no siempre es fácil.

Después del incendio

Después de cada brote llegaron depresiones profundas.

No simples bajones. No tristeza de domingo por la tarde. Depresiones de las que te dejan clavado a la cama, sin deseo, sin iniciativa, sin confianza, sin futuro visible. Como si alguien hubiera apagado la luz por dentro y además hubiera escondido el interruptor.

En esas fases, la vida se estrecha. Las tareas más simples se vuelven montañas. Ducharse, contestar un mensaje, salir a la calle, mantener una conversación, abrir una carta, hacer una llamada. Todo pesa demasiado.

Y junto al cansancio aparece otra cosa: la culpa. La memoria de lo ocurrido. La vergüenza. La sensación de haber fallado otra vez, de haber cansado a los demás, de haber perdido oportunidades que quizá no vuelvan.

Las hipomanías no son solo brillo

Entre medias han estado las hipomanías.

Durante mucho tiempo es fácil recordarlas con cierta nostalgia, porque tienen una parte luminosa. Uno se siente más rápido, más capaz, más inteligente, más abierto. Las ideas fluyen, la conversación se enciende, los proyectos se multiplican y el mundo parece responder.

Pero esa luz también engaña.

En hipomanía he tenido intuiciones valiosas y he hecho cosas que seguramente no habría hecho desde la prudencia gris de los días normales. Pero también he tomado decisiones equivocadas, he gastado dinero que no debía gastar, he hablado de más, he confundido impulso con lucidez y he pagado después las consecuencias.

No todo lo que brilla en la bipolaridad es talento. A veces es aceleración. Y distinguir una cosa de la otra cuesta años.

Lo que se pierde

La bipolaridad deja pérdidas.

Trabajos que se rompen. Dinero malgastado. Amistades que no resisten los altibajos. Amores que se desgastan. Confianza familiar dañada. Proyectos interrumpidos. Años que uno mira después con una mezcla rara de pena, incredulidad y cansancio.

No me interesa escribir esto desde el victimismo, pero tampoco quiero maquillar la realidad. Vivir con trastorno bipolar no es llevar una personalidad intensa con nombre clínico. Es convivir con una enfermedad que puede arrasar mucho si no está bien tratada, si no se comprende, si uno baja la guardia o si llega una crisis fuerte.

Hay cosas que se recuperan. Otras no.

Y aceptar eso también forma parte del balance.

Lo que se aprende

Pero cuarenta años de bipolaridad no solo dejan ruinas.

También dejan conocimiento. De uno mismo, de los demás, de la fragilidad humana y de la extraña resistencia que a veces aparece cuando ya parecía que no quedaba nada.

He aprendido que dormir no es un lujo, sino una medida de seguridad. Que la euforia no siempre es alegría. Que la tristeza no siempre dice la verdad. Que la medicación puede ser incómoda, pero la descompensación puede ser devastadora. Que pedir ayuda tarde sale caro. Que la inteligencia no protege por sí sola de la enfermedad. Que el orgullo, en salud mental, puede ser un enemigo muy serio.

También he aprendido a mirar con más compasión a quienes sufren. No con superioridad, sino con reconocimiento. Hay dolores que solo se entienden de verdad cuando se han atravesado por dentro.

La tentación de encontrarle sentido a todo

A veces se dice que la enfermedad enseña, que nos hace más profundos, más creativos o más humanos.

Puede ser. Pero conviene tener cuidado con esa idea.

Yo no quiero convertir la bipolaridad en una bendición disfrazada. Si pudiera haberme ahorrado algunos episodios, algunas depresiones y algunas pérdidas, me los habría ahorrado sin dudarlo.

Otra cosa es que, ya que ha estado ahí, uno intente sacar algo de lo vivido. Una mirada más lúcida. Una escritura más honesta. Una capacidad mayor para detectar el sufrimiento ajeno. Una cierta resistencia. Una forma de no tomarse demasiado en serio las apariencias de normalidad.

Pero eso no justifica la enfermedad. Solo significa que uno intenta no salir de ella con las manos vacías.

Seguir aquí

Si hago balance, no puedo decir que la bipolaridad haya sido una aventura hermosa. No lo ha sido.

Ha sido una enfermedad dura, a veces implacable, que me ha quitado mucho más de lo que se ve desde fuera. Me ha dado también algunas cosas, sí: intensidad, lucidez en ciertos momentos, materia para escribir, empatía, una conciencia muy viva de la fragilidad.

Pero no quiero adornarla.

Lo más importante, quizá, es que sigo aquí.

Sigo escribiendo. Sigo intentando entender. Sigo reconstruyendo lo que se puede reconstruir. Sigo buscando una vida posible, no perfecta, no heroica, pero mía.

Después de cuarenta años de bipolaridad, tal vez el balance sea ese: he sufrido, he perdido, he aprendido y sigo.

Y algunos días, seguir ya es mucho.

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