Esta entrada no va dirigida solo a quienes tenemos trastorno bipolar. También va dirigida a quienes se hacen la pregunta desde fuera: familiares, amigos, parejas o personas que simplemente quieren entender mejor qué ocurre en una fase maníaca.
La pregunta es delicada: ¿estamos locos?
No me entusiasma la palabra «locura», porque se ha usado muchas veces para insultar, apartar o ridiculizar. Pero tampoco creo que haya que huir siempre de ella como si nombrarla fuera ya una falta de respeto. A veces, detrás de una palabra torpe, hay una pregunta real: ¿qué pasa cuando una persona pierde parcialmente el contacto con su forma habitual de ver la realidad?
Voy a responder desde mi experiencia, con toda la prudencia posible y sin disfrazar las cosas.
La palabra «locura» no es un diagnóstico
Lo primero que conviene decir es que «locura» no es un diagnóstico médico. Es una palabra popular, imprecisa, cargada de historia y de prejuicios.
En salud mental se habla de manía, hipomanía, depresión, psicosis, delirios, alucinaciones, desorganización del pensamiento, pérdida de juicio de realidad y otras expresiones más concretas.
Pero entiendo que muchas personas sigan usando la palabra «locura» para referirse a algo que les desconcierta: una conducta que no comprenden, una forma de hablar extraña, una energía desbordada, una idea delirante o una reacción que parece no encajar con la realidad.
La cuestión es no quedarse en la etiqueta. Decir «está loco» no explica nada. En cambio, preguntarse qué le está ocurriendo a esa persona quizá sí nos acerque un poco más a la verdad.
Durante una manía puede alterarse la realidad
En el trastorno bipolar, sobre todo en el tipo I, pueden aparecer fases maníacas. Y durante una manía la persona puede alejarse mucho de su estado habitual.
Puede dormir muy poco sin sentirse cansada. Puede hablar sin parar. Puede tener ideas rapidísimas, hacer planes desmesurados, gastar dinero de forma imprudente, mostrarse desinhibida, irritable o excesivamente confiada. Puede sentirse especialmente lúcida, elegida, poderosa o destinada a algo importante.
En algunos casos, además, puede aparecer psicosis: delirios, alucinaciones o una interpretación de la realidad que desde fuera resulta claramente alterada.
Cuando eso ocurre, sí: la frontera entre lo real y lo irreal puede confundirse. No porque la persona sea tonta, débil o caprichosa, sino porque está atravesando un episodio de una enfermedad mental seria.
No todas las manías son iguales
También hay que matizar.
No todas las personas con trastorno bipolar tienen episodios psicóticos. No todas las fases maníacas llegan al mismo grado de desorganización. No toda exaltación del ánimo significa pérdida de contacto con la realidad.
Hay hipomanías que pueden parecer, al principio, simples periodos de energía, productividad o sociabilidad. La persona duerme menos, habla más, se siente más segura, tiene más ideas y se lanza a proyectos nuevos. Desde fuera, incluso puede parecer que está mejor.
El problema es que esa mejoría puede ser engañosa.
La energía aumenta, pero también puede disminuir el juicio. La seguridad crece, pero quizá no esté bien apoyada en la realidad. Las ideas se multiplican, pero no siempre son buenas ideas. La espontaneidad puede convertirse en indiscreción. La alegría puede mezclarse con irritabilidad. Y lo que empezó como brillo puede acabar en crisis.
Lo que se dice y se hace durante un episodio
Una de las partes más dolorosas de la manía llega después.
Cuando el episodio baja, uno puede mirar atrás y encontrarse con frases, decisiones, mensajes, gastos, proyectos o comportamientos que no reconoce del todo como propios.
Ahí aparecen la vergüenza, el arrepentimiento y una pregunta difícil: ¿era yo?
La respuesta no es sencilla. Sí eras tú, pero no estabas en tu estado habitual. Eras tú atravesado por una alteración del ánimo, de la energía, del sueño y, a veces, del juicio de realidad.
Esto no borra las consecuencias ni evita la responsabilidad de reparar lo que se pueda reparar. Pero ayuda a entender que no estamos ante una simple falta de educación, de carácter o de voluntad.
Manía no significa maldad
Es importante decir algo con claridad: tener trastorno bipolar no convierte a nadie en una persona peligrosa.
El estigma ha hecho mucho daño mezclando enfermedad mental, violencia y miedo. La mayoría de las personas con trastorno bipolar no son peligrosas para los demás.
Ahora bien, tampoco conviene caer en una tranquilidad falsa. Una manía puede traer riesgos reales: gastos excesivos, conducción imprudente, conflictos, conductas sexuales de riesgo, exposición pública, consumo de sustancias, decisiones laborales precipitadas o daño a relaciones importantes.
Muchas veces, el daño principal lo sufre la propia persona: su salud, su dinero, su intimidad, su reputación, sus vínculos y su estabilidad futura.
Por eso la manía no debe tomarse a broma. Puede tener momentos luminosos o incluso eufóricos, pero es una fase potencialmente peligrosa para la vida de quien la atraviesa.
El papel de la medicación
Cuando uno está en plena subida, no siempre quiere bajar.
La manía puede tener una fuerza enorme. Puede sentirse como claridad, bienestar, misión, creatividad o libertad. Precisamente por eso es tan difícil reconocerla desde dentro.
Los medicamentos no están para apagar a la persona ni para castigar su intensidad. Están para ayudar a recuperar estabilidad, reducir el riesgo de recaídas y evitar que la enfermedad arrastre la vida por delante.
En mi experiencia, la medicación ha sido una parte esencial para bajar de ese estado cuando ya estaba subido a él. No siempre es cómoda, no siempre es sencilla de ajustar y no resuelve por sí sola toda la vida. Pero en el trastorno bipolar puede marcar la diferencia entre una fase contenida y una crisis grave.
¿Entonces estamos locos?
Si por «loco» entendemos una persona absurda, peligrosa, inferior o incapaz de llevar una vida digna, la respuesta es no.
No somos eso.
Pero si usamos la palabra, con muchas comillas, para hablar de momentos en los que la realidad se altera, el juicio se debilita y la conducta se aleja mucho de nuestro estado habitual, entonces sí: algunas personas con trastorno bipolar podemos tener episodios en los que nos «volvemos locos» durante un tiempo.
No todo el tiempo. No como identidad. No como esencia. No como condena.
Como episodio.
Volver
Lo importante es que de esos episodios se puede volver.
Se vuelve con tratamiento, con tiempo, con descanso, con ayuda profesional, con apoyo familiar y con la humildad suficiente para reconocer las señales antes de que sea demasiado tarde.
También se vuelve intentando reparar lo dañado, aprendiendo de lo ocurrido y aceptando que la prevención no es una manía de los médicos, sino una forma de proteger la propia vida.
Por eso no me parece útil negar la gravedad de la manía. Pero tampoco me parece justo convertirla en una caricatura.
El trastorno bipolar puede alterar profundamente la percepción, la conducta y la relación con la realidad. Eso merece ser tomado en serio.
Pero una persona con trastorno bipolar es mucho más que sus episodios. También es lo que hace para cuidarse, lo que aprende, lo que reconstruye y lo que sigue siendo cuando la tormenta pasa.



4 respuestas
Soy madre de una adolescente que sigue hospitalizada por una fase maniaca. Y no se puede explicar mejor ese estado de euforia que tanto nos desasosiega a los seres queridos. Sin embargo es cierto que pasa pronto y que a cambio hay escenas conmovedoras y maravillosas en esa fase.
Tambien aterradoras.
Hola, Flor.
En primer lugar, déjame que te exprese mi comprensión y mi cariño por la situación de tu hija.
En cuanto a tu comentario, temo no saber muy bien qué quieres expresar con él. Me sorprende que como familiar veas «escenas maravillosas» en la fase maníaca y aunque me resulta muy raro me alegro de ello porque, desde luego, te ahorras el sufrimiento que provoca ver únicamente esa parte «aterradora» que es lo que se suele ver desde fuera.
No obstante, aunque no pretendo ser agorero, me gustaría que estuvieras preparada ante las posibles eventualidades posteriores, pues tras una fase maníaca suele sucederse una fase depresiva que suele ser bastante más larga que la primera e igualmente devastadora. Nada me gustaría más que estar equivocado, pero suele ser así.
En todo caso, mucho ánimo, Flor, y te recomiendo que hagas todo lo posible por informarte sobre la enfermedad (mediante charlas de psicoeducación, por ejemplo) para que puedas comprender lo mejor posible el trastorno y la evolución de tu hija y en adelante lleve la vida más normal posible.
Un fuerte abrazo.
Soy bipolar, acabo de pasar por un episodio depresivo muy extraño pues no podía parar de llorar desconsoladamente, al tercer día decidí ir a urgencias porq me dolían mucho los ojos y ya hasta la luz me molestaba, pensé que no aquello iba a parar pues duró hasta el quinto día donde desperté a las 4 am, me suele pasar en la fase de hipomania y pensé que todo había acabado pero él llanto rompió nuevamente, me enfadé tanto que comencé a pegarme muy fuerte en la cabeza a ver si lograba para de llorar pero solo me provoque un fuerte dolor, a lo largo del día comenzó a crecer el intervalo entre llantos y me dormí aunque muy tarde ya no he llorado hoy pero he dormido poco. No sé cual será mi evolución, ha sido todo muy intenso y brusco a la vez.
Hola, Tay.
Lo que has vivido no solo es duro… también es agotador, confuso y desgastante. No hay palabras fáciles para ese tipo de dolor, ese llanto que parece no tener fin, esa sensación de que tu cuerpo y tu mente no te pertenecen. Y aún así, tu mensaje muestra algo muy poderoso: tu capacidad de observarte, de buscar ayuda, de seguir aquí.
Ir a urgencias fue un acto de cuidado, no de debilidad. Y aunque en ese momento la desesperación te llevó a hacerte daño, lo importante es que reconociste ese límite. Eso habla de una parte de ti que sí quiere vivir, que sí quiere estar mejor, aunque esté cansada, aunque no vea todavía cómo.
No olvides que tú no eres lo que te pasa durante un episodio. Eres mucho más que eso. Y lo que viviste, por muy intenso que haya sido, no te define ni te condena.
Ahora, lo más importante es que no lo transites sola o solo. La intensidad de lo que sentiste merece seguimiento profesional cercano. No para etiquetarte, sino para acompañarte con herramientas, medicación si hace falta, contención emocional, y sobre todo: un plan.
Hoy puede parecer que no sabes cómo vas a evolucionar, pero ya diste el paso más importante: nombraste lo que sientes. Desde ahí, se puede construir.
Te recomiendo que trabajes poco a poco en cómo cuidarte, cómo leer tus señales antes de que exploten… y cómo crear una red a la que acudir cuando la tormenta se desate. No estás sola. No estás rota. Estás en camino.
Sigue siendo fuerte. Un saludo.