Pandemia, confinamiento y trastorno bipolar: lo que aprendimos

La pandemia de COVID-19 fue una prueba dura para casi todo el mundo.

Pero para quienes vivimos con trastorno bipolar tuvo un impacto añadido: alteró rutinas, sueño, relaciones, trabajo, sensación de seguridad y acceso a la atención sanitaria. Es decir, tocó precisamente muchas de las piezas que más influyen en nuestra estabilidad.

Hoy ya no estamos en el mismo punto que en 2020. Sabemos mucho más sobre el virus, existen vacunas, tratamientos y una experiencia colectiva que entonces no teníamos. Pero lo vivido durante la pandemia sigue siendo útil para entender algo importante: el trastorno bipolar no se lleva bien con el aislamiento, la incertidumbre y la ruptura brusca de rutinas.

Por qué una pandemia afecta al ánimo

El trastorno bipolar no es solo una cuestión de “sentirse mejor o peor”. Afecta al ánimo, la energía, el sueño, la actividad, la conducta y la capacidad de mantener cierta regularidad vital.

Por eso una situación como la pandemia podía desestabilizar tanto.

De repente, desaparecieron horarios, desplazamientos, actividades, contacto social, planes, seguridad laboral y certezas. Muchas personas pasaron a vivir encerradas, con miedo al contagio, preocupación por familiares, exceso de noticias y una sensación constante de amenaza.

Para cualquier persona eso era difícil. Para alguien con trastorno bipolar podía ser especialmente delicado.

El confinamiento y la pérdida de rutina

Una de las cosas que más protege a muchas personas con trastorno bipolar es la rutina.

Dormir a horas parecidas. Comer con cierta regularidad. Salir de casa. Moverse. Tener contacto con otras personas. Ir al trabajo o a clase. Acudir a consulta. Mantener una estructura mínima.

El confinamiento rompió buena parte de eso.

Algunas personas empezaron a dormir demasiado. Otras comenzaron a dormir peor. Algunas se aislaron más de lo que ya estaban. Otras tuvieron que convivir de forma intensa y agotadora con familiares o parejas. Para algunas, el encierro aumentó la ansiedad; para otras, la apatía; para otras, la irritabilidad.

Y cuando se desordena el sueño, en el trastorno bipolar conviene encender todas las alarmas.

Noticias, miedo y sobrecarga emocional

Durante los primeros meses de la pandemia vivimos rodeados de noticias negativas.

Cifras de contagios, hospitales saturados, muertes, restricciones, incertidumbre económica, miedo por los mayores, dudas sobre el futuro. Era muy difícil desconectar.

Ese ambiente podía favorecer síntomas depresivos o ansiosos: tristeza, desesperanza, sensación de amenaza, falta de concentración, cansancio, irritabilidad, problemas de sueño y pérdida de interés por actividades que antes ayudaban.

No hacía falta llegar a una crisis grave para notar el impacto. A veces bastaba con una desregulación lenta, casi silenciosa, que iba empeorando el ánimo día tras día.

Posibles señales de desestabilización

En una situación de aislamiento, miedo o ruptura de rutinas, conviene vigilar algunas señales:

  • insomnio o disminución clara de la necesidad de dormir;
  • dormir muchas más horas de lo habitual;
  • irritabilidad intensa;
  • ansiedad persistente;
  • apatía o pérdida de interés;
  • dificultad para concentrarse;
  • sensación de vacío o desesperanza;
  • aumento del consumo de alcohol, cannabis u otras sustancias;
  • aceleración mental o exceso de planes;
  • gastos impulsivos o conductas de riesgo;
  • ideas de muerte o suicidio.

No todas estas señales significan una recaída, pero sí merecen atención, especialmente si duran varios días o van aumentando.

Qué podía ayudar entonces y sigue ayudando ahora

La pandemia nos recordó algo que ya sabíamos, pero que a veces olvidamos: la estabilidad se cuida en lo cotidiano.

Algunas medidas sencillas pueden tener mucho valor:

  • mantener horarios de sueño lo más regulares posible;
  • reducir la exposición continua a noticias;
  • salir a caminar si las circunstancias lo permiten;
  • mantener contacto con personas de confianza;
  • seguir tomando la medicación pautada;
  • no suspender consultas sin buscar alternativa;
  • pedir ayuda antes de que la situación se vuelva inmanejable;
  • evitar alcohol, cannabis y otras sustancias;
  • tener un pequeño plan para los días malos.

Ninguna de estas cosas sustituye al tratamiento, pero todas pueden ayudar a que el suelo no se mueva tanto.

Teleconsulta y continuidad del tratamiento

Otra lección importante fue la necesidad de mantener la atención sanitaria incluso en situaciones excepcionales.

Durante la pandemia, muchas consultas pasaron a hacerse por teléfono o videollamada. No siempre fue ideal, pero en muchos casos permitió conservar cierto seguimiento.

Para una persona con trastorno bipolar, perder el contacto con su psiquiatra o dejar de revisar el tratamiento durante una etapa de estrés puede ser peligroso.

La continuidad importa. Incluso una consulta breve puede servir para detectar señales de alarma, ajustar medicación, pedir ayuda o evitar que una descompensación avance.

No todo fue igual para todos

También conviene reconocer que la pandemia no afectó a todos de la misma manera.

Algunas personas vivieron el confinamiento como una catástrofe. Otras, curiosamente, sintieron cierto alivio al reducirse exigencias sociales, desplazamientos o presiones externas. Algunas pudieron estabilizarse mejor en casa. Otras se hundieron precisamente por estar en casa.

El trastorno bipolar no se vive en abstracto. Depende de la situación personal, económica, familiar, laboral, clínica y del momento de la enfermedad.

Por eso no hay una única experiencia bipolar de la pandemia.

Lo que nos queda

El COVID-19 ya no ocupa nuestra vida como en aquellos primeros meses, pero la lección sigue ahí.

Cualquier crisis que rompa rutinas, aumente el aislamiento, altere el sueño o dispare la incertidumbre puede afectar al trastorno bipolar.

Puede ser una pandemia, una separación, una pérdida de trabajo, un duelo, una mudanza, una enfermedad física o un periodo de estrés prolongado.

La pregunta útil no es solo qué nos pasó durante el confinamiento, sino qué aprendimos para la próxima vez que la vida se desordene.

Cuidar el ánimo también es prevención

Durante una crisis externa, muchas veces nos centramos en lo más visible: contagios, normas, trabajo, dinero, familia, logística.

Pero para una persona con trastorno bipolar, cuidar el ánimo no es un lujo psicológico. Es prevención.

Proteger el sueño, mantener tratamiento, pedir ayuda, limitar sustancias, hablar con alguien y no esperar a estar al borde del precipicio puede marcar una diferencia enorme.

La pandemia nos recordó nuestra fragilidad.

También debería recordarnos algo más: que la estabilidad no se improvisa cuando llega la tormenta. Se prepara, se cuida y se defiende día a día.

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