El título original de esta entrada era bastante más bruto: «Bipolar, bipolar y gilipollas o solamente gilipollas».
Lo escribí así para llamar la atención, lo reconozco. Pero detrás de la provocación había una idea seria: no todo comportamiento desagradable, cambiante o insoportable tiene que ver con el trastorno bipolar.
A veces hay enfermedad. A veces hay síntomas. A veces hay una crisis. Y a veces, sencillamente, hay mala educación, egoísmo, soberbia o una capacidad extraordinaria para poner de los nervios al prójimo.
Conviene distinguir una cosa de la otra.
La palabra «bipolar» se usa demasiado a la ligera
Desde hace años, la palabra «bipolar» se ha colado en el lenguaje cotidiano.
Se dice de alguien que hoy está simpático y mañana antipático. De quien cambia de opinión. De quien pasa de la euforia al enfado en cinco minutos. De quien resulta imprevisible, contradictorio o difícil de tratar.
Pero eso no es el trastorno bipolar.
El trastorno bipolar no es tener mal carácter, ni ser voluble, ni cambiar de humor porque el día se ha torcido. Es una enfermedad mental seria, con episodios depresivos, hipomaníacos o maníacos, que puede afectar al sueño, la energía, el juicio, la conducta, las relaciones y la vida entera de una persona.
Usar «bipolar» como sinónimo de caprichoso, inestable o insoportable no solo es impreciso. También contribuye a que se entienda peor una enfermedad que ya bastante cuesta explicar.
No todo cambio de humor es bipolaridad
Todos tenemos cambios de humor.
Uno puede levantarse mal, contestar de forma seca, sentirse irritable, tener un mal día, estar cansado o volverse injusto con alguien cercano. Eso forma parte de la condición humana, que tampoco es precisamente una maquinaria suiza.
Pero una fase bipolar es otra cosa.
Una hipomanía no es simplemente estar contento. Una manía no es tener mucha personalidad. Una depresión bipolar no es estar bajo de tono. Y una crisis no es una mala tarde.
En el trastorno bipolar hay cambios del ánimo y de la energía que tienen una intensidad, una duración y unas consecuencias clínicas que van mucho más allá de la variabilidad normal del carácter.
Tener trastorno bipolar no convierte a nadie en santo
Ahora bien, también conviene decir lo contrario.
Tener trastorno bipolar no convierte automáticamente a nadie en una persona noble, profunda, sensible o excusable en todo.
Una persona puede tener trastorno bipolar y ser generosa. Puede tener trastorno bipolar y ser egoísta. Puede ser educada, cariñosa, responsable, torpe, encantadora, insoportable o todo eso según el día, como cualquier otra persona.
El diagnóstico explica algunas cosas, pero no lo explica todo.
Y esta distinción es importante. Porque si atribuimos cualquier conducta desagradable al trastorno, acabamos haciendo dos injusticias a la vez: estigmatizamos a quienes sí tienen la enfermedad y, de paso, regalamos una coartada magnífica a quienes simplemente se comportan mal.
La enfermedad no es una excusa para todo
Durante una fase maníaca, depresiva o mixta, una persona puede decir o hacer cosas que no haría en su estado habitual. Puede estar desinhibida, irritable, acelerada, hundida, suspicaz o con el juicio alterado.
Eso hay que entenderlo.
Pero entender no significa borrar todas las consecuencias. Cuando el episodio pasa, si se ha hecho daño, toca mirar lo ocurrido, pedir perdón cuando corresponda, reparar lo que se pueda reparar y aprender para reducir riesgos en el futuro.
El trastorno bipolar puede explicar una conducta. A veces incluso puede explicar mucho. Pero no debería convertirse en una licencia permanente para tratar mal a los demás.
La enfermedad merece comprensión. La mala educación, bastante menos.
También hay gente que se esconde detrás de una etiqueta
Hay personas que utilizan etiquetas psicológicas o psiquiátricas como si fueran salvoconductos.
«Soy así». «Tengo mucho carácter». «Es que soy muy intenso». «Es que soy bipolar». «Es que tengo ansiedad». «Es que no puedo evitarlo».
A veces será verdad que hay un problema de salud mental detrás. Otras veces no. Y otras habrá una mezcla incómoda de síntomas reales y falta de responsabilidad personal.
Por eso conviene ser cuidadosos: ni negar el sufrimiento de quien tiene una enfermedad, ni aceptar sin más que cualquier comportamiento dañino quede automáticamente justificado por una palabra clínica.
La diferencia está en la responsabilidad
Una pista útil puede ser esta: la persona que toma en serio su trastorno suele intentar entenderlo, tratarlo y reducir el daño que puede causar.
No siempre lo consigue, claro. Nadie lo consigue siempre. Pero hay una actitud distinta.
La persona responsable se pregunta qué le pasa, busca ayuda, toma la medicación si la tiene pautada, intenta dormir, aprende sus señales de alarma, escucha a quienes la conocen y procura reparar cuando se equivoca.
La persona que solo usa una etiqueta como escudo suele hacer otra cosa: exigir comprensión sin ofrecer responsabilidad.
Y ahí empieza el problema.
Ni estigma ni coartada
El equilibrio no es fácil, pero me parece necesario.
No debemos llamar «bipolar» a cualquiera que tenga un mal día, cambie de opinión o sea difícil de soportar. Eso banaliza la enfermedad y alimenta el estigma.
Pero tampoco debemos convertir el trastorno bipolar en una explicación universal que lo cubre todo. Eso infantiliza a la persona diagnosticada y puede hacer mucho daño a quienes conviven con ella.
Una persona con trastorno bipolar necesita tratamiento, comprensión, apoyo y respeto.
Y también necesita, como todo el mundo, límites, responsabilidad y cierta honestidad consigo misma.
Entonces, ¿bipolar o gilipollas?
La respuesta, naturalmente, puede variar.
A veces será trastorno bipolar. A veces será mala educación. A veces serán las dos cosas mezcladas, que la vida tiene una desagradable afición a no separar bien los ingredientes.
Lo importante es no confundirlas por sistema.
El trastorno bipolar es una enfermedad seria. La gilipollez, en cambio, no figura en los manuales diagnósticos, aunque a veces parezca tener una prevalencia preocupante.
Y quizá esa sea la conclusión: no llamemos bipolar a quien simplemente se comporta como un imbécil, y no llamemos imbécil a quien está atravesando una crisis real.
Entre una cosa y la otra hay una diferencia enorme.
Y aprender a verla nos haría bastante bien a todos.



4 respuestas
Este tema me impacta: «que el ser bipolar no exime de ser gilipollas, pero a poco que se conozca el trastorno es fácil diferenciar a los afectados de este (que en los periodos intercrisis son personas normales) de cierta clase de individuos que, lejos de padecer una enfermedad psicológica, en realidad son gente maleducada, consentida y despótica que lo que hacen más bien es romper gratuitamente los nervios de los demás con la variabilidad caprichosa de un comportamiento estúpido.»
Cuales serian los indicadores feacientes de un(a) verdadero(a) Gilipoyas y Podria yo estar abusando de un «DIAGNOSTICO» para danar a las personas que me aman o los que dicen amarme son los primeros que me
o
Si no me permiten empoderarme porque nadie cree en mis potendialidades o quisas yo, no quiero cubrir todas mis necesidades y responsabilidades y aunque no puedo independizarme no quisiera seguir las diretrices de los otros porque siento que me anulan cada vez mas
Como me pueden afrotar cuando me comporteo como a una persona maleducada, consentida y depotica y lleno de tension y nervios el ambiente en que me desemvuelvo
Hola, Sarah.
Gracias por tu comentario.
En realidad planteas varias cuestiones. Aquí te voy a responder a la primera, porque creo que las demás afectan a tu esfera íntima y este no me parece el lugar adecuado para hablar de ellas.
En cuanto a la primera, te contestaré que un bipolar puede ser gilipollas, al igual que un gilipollas puede ser bipolar. Pero que la bipolaridad no consiste en cambios de humor injustificados, como mucha gente cree. Y es esa gente, que ignora lo que es realmente este trastorno, la que define como «bipolares» a personas que lo que son es histéricas, imbéciles o despóticas. O, si lo prefieres, que tienen otros desórdenes psicológicos que nada tienen que ver con el TAB (por ejemplo, personas estresadas pueden tener variaciones anímicas achacables a su estado pero no son catalogables como bipolaridad):
El diagnóstico de una persona con trastorno bipolar no es fácil y, desde luego, no lo puede hacer el propio afectado, sino que tiene que ser refrendado por un/a psiquiatra. Pero te puedo anticipar que para que tal diagnóstico exista, tiene que haberse producido al menos un episodio de hipomanía, que muchas veces va acompañado de una depresión posterior. Es verdad que existe también la ciclotimia y la ciclación rápida, que son estados más difíciles de catalogar en principio, pero que también son manifestaciones de bipolaridad, no comportamientos evitables por parte del afectado. Sea come sea, en cualquiera de estas situaciones, el afectado sufre mucho y no se comporta como él mismo desearía, sino como alguien con el estado de ánimo alterado. Es en esto en lo que se diferencia fundamentalmente del gilipollas. Pero para ser justos, como decía antes, es posible que ese gilipollas sea una persona con el ánimo alterado por un fuerte estrés o por alguna otra circunstancia. La mayor diferencia, aunque esto no se cumple siempre, es que las reacciones de un bipolar en crisis no suelen poder ser controlables por parte del propio afectado, mientras que los estados neuróticos ofrecen mayor control sobre el ánimo.
En fin, Sarah, me has hecho pensar. La verdad es que yo distingo un gilipollas de lejos, pero un bipolar no me resulta tan fácil, porque la mayoría del tiempo son (somos) personas completamente normales. Por lo demás, los gilipollas nunca se plantean si lo son, porque están convencidos de que no lo son.
La segunda parte de tu comentario te la contesto por mail.
Un fuerte abrazo, Sarah.
Yo estoy hasta el coño de ser bipolar
Hola, Mercedes.
Me encanta tu contundencia.
Si soy serio, te tengo que recordar que me temo que este trastorno no se cura y que es un poco como la diabetes o la hipertensión, es decir, una enfermedad crónica. Pero dentro de eso, estar hasta el coño, es decir, esa rebelión, te puede llevar primero a cabrearte, pero a continuación llegarás a tomar conciencia de veras de la situación y a buscar el tratamiento más adecuado para vivir una vida decente, que te garantizo que la tendrás.
El trastorno bipolar tiene mejor o peor pronóstico según la información que tengamos sobre él y también de cómo lo vivenciemos. Tu actitud lo condionará todo, estáte segura. Pero estar hasta el coño es una buena manera de empezar.
Ánimo, Mercedes.
Un saludo.
Carlos.