Cannabis y trastorno bipolar: una mala mezcla

Lo diré desde el principio, para que no haya demasiada intriga: si tienes trastorno bipolar, consumir hachís o cannabis me parece una pésima idea.

No lo digo desde una superioridad moral ni desde el puritanismo. Tampoco porque crea que todo consumidor sea un irresponsable. Lo digo porque hablamos de una sustancia que puede alterar la percepción, la ansiedad, el sueño, la motivación, la memoria, el juicio y, en algunas personas, incluso el contacto con la realidad.

Y si algo no necesita una persona con trastorno bipolar es añadir más inestabilidad a un sistema que ya tiende a desestabilizarse por su cuenta.

El viejo hachís de siempre ya no parece tan inocente

Cuando yo era joven, al cigarro mezclado con tabaco y hachís se le llamaba porro, canuto, peta, mai y unas cuantas cosas más. Al hachís se le llamaba chocolate, grifa, costo y también, con bastante acierto popular, mierda.

La palabra era vulgar, sí. Pero tenía algo de intuición.

Durante mucho tiempo el hachís se ha visto como una droga menor, casi simpática, socialmente tolerable, envuelta en una especie de aire juvenil, relajado y poco peligroso. El famoso «cigarrito de la risa», dicho por gente que quizá no había visto demasiadas risas rotas.

Pero el cannabis no es inocuo. Y no lo es especialmente para quienes tienen vulnerabilidad a la ansiedad, la psicosis o los trastornos del estado de ánimo.

Qué puede producir el cannabis

Los efectos inmediatos del cannabis pueden variar mucho de una persona a otra.

Algunas personas sienten relajación, euforia, aumento del apetito, mayor sensibilidad a la música o a las imágenes, risa fácil o sensación de conexión con los demás.

Pero también puede producir efectos bastante menos agradables:

  • ansiedad;
  • paranoia;
  • desorientación;
  • alteración de la memoria a corto plazo;
  • peor coordinación motora;
  • taquicardia;
  • crisis de pánico;
  • sensación de despersonalización o irrealidad;
  • ideas extrañas o persecutorias;
  • y, en algunos casos, síntomas psicóticos.

No todo el mundo llega a esos extremos, claro. Pero que no le ocurra a todo el mundo no significa que el riesgo no exista.

El problema no es solo el colocón

Cuando se habla de hachís o marihuana, mucha gente piensa solo en el efecto inmediato: estar colocado durante unas horas y después volver más o menos a la normalidad.

Pero en salud mental el problema no es solo lo que pasa durante el consumo. También importa lo que puede quedar activado después.

El cannabis puede interferir con el sueño, con la motivación, con la memoria, con la concentración y con la estabilidad emocional. En algunas personas puede aumentar la ansiedad. En otras puede facilitar ideas paranoides. Y en personas vulnerables puede actuar como detonante o acelerador de síntomas psicóticos.

Para una persona con trastorno bipolar, todo eso importa mucho.

El sueño irregular puede favorecer una subida. La ansiedad puede desordenar aún más el ánimo. La paranoia puede mezclarse peligrosamente con una fase maníaca. Y la pérdida de juicio puede hacer que uno tome decisiones que después pague caras.

Cannabis y trastorno bipolar

El trastorno bipolar ya implica, por sí mismo, riesgo de episodios depresivos, hipomaníacos o maníacos. En algunas personas puede haber también síntomas psicóticos.

Meter cannabis en esa ecuación no parece una gran estrategia.

No se puede afirmar de manera simplista que todo consumo de cannabis cause trastorno bipolar. Sería una exageración. La relación entre cannabis, genética, edad de inicio, frecuencia de consumo, potencia del THC y vulnerabilidad personal es compleja.

Pero sí puede decirse algo más prudente y mucho más importante: el cannabis puede empeorar la estabilidad mental y aumentar riesgos precisamente en personas que ya tienen una vulnerabilidad psiquiátrica.

Y si una persona ya ha tenido manías, brotes psicóticos, ataques de pánico, depresiones graves o episodios de descontrol, jugar con una sustancia que puede alterar percepción, ansiedad y juicio no parece precisamente una muestra de amor propio.

«A mí me relaja»

Este es uno de los argumentos más frecuentes: «A mí el cannabis me relaja».

Y puede ser verdad, al menos a corto plazo.

Pero que algo relaje durante unas horas no significa que sea bueno para la estabilidad global. El alcohol también puede relajar. Algunas conductas impulsivas también alivian momentáneamente. Muchas cosas que calman en el minuto presente pueden complicar la vida al día siguiente.

En el trastorno bipolar, el criterio no debería ser solo «cómo me siento ahora», sino qué efecto tiene eso sobre mi sueño, mi tratamiento, mi ansiedad, mi capacidad de decidir, mi ánimo de los próximos días y mi riesgo de recaída.

La estabilidad no se mide solo por el alivio inmediato.

Cannabis terapéutico no significa porro libre

Otro argumento habitual es el del cannabis terapéutico.

Conviene separar las cosas. Que algunos derivados del cannabis puedan tener usos médicos concretos no significa que fumar hachís o marihuana sea recomendable para cualquier problema de salud mental.

Una cosa es un medicamento regulado, con dosis conocida, indicación concreta, seguimiento médico y evaluación de riesgos. Otra cosa muy distinta es consumir cannabis por cuenta propia, sin saber exactamente la concentración de THC, sin control clínico y con un diagnóstico de trastorno bipolar de por medio.

Además, el posible uso médico de algunos cannabinoides no elimina los riesgos psiquiátricos del cannabis, especialmente cuando hay consumo frecuente, inicio temprano o productos con alta potencia.

Con predisposición, el riesgo cambia

Uno de los problemas del cannabis es que nadie lleva escrita en la frente su vulnerabilidad.

Una persona puede no saber que tiene predisposición a la psicosis, al trastorno bipolar, a los ataques de pánico o a determinadas formas de ansiedad hasta que algo lo activa.

Y cuando lo descubre, a veces ya no está haciendo una reflexión teórica: está en urgencias, en una crisis, en un brote, en una depresión o intentando entender por qué algo que parecía inofensivo le ha roto por dentro.

No siempre ocurre, por supuesto. Mucha gente consume cannabis y no desarrolla un trastorno mental grave.

Pero si ya sabes que tienes trastorno bipolar, la pregunta cambia. Ya no estás jugando sin información. Ya sabes que tu estabilidad mental merece protección.

No es moralismo, es prevención

No me interesa convertir esto en una cruzada moral contra quien fuma porros.

Cada persona adulta toma sus decisiones. Tampoco creo que el insulto o el miedo sean buenas herramientas para educar en salud mental.

Pero sí creo que hay que decir algunas cosas con claridad.

Si tienes trastorno bipolar, el cannabis no es una broma. No es una ayuda inocente. No es necesariamente una medicina. No es un simple pasatiempo sin consecuencias. Y no es buena idea confiar en que, como a otros no les pasa nada, a ti tampoco te pasará.

Puede que no ocurra nada grave. O puede que sí.

Y cuando lo que está en juego es una recaída, una manía, una depresión, una crisis de pánico o un brote psicótico, el precio de la apuesta me parece demasiado alto.

Mi conclusión

El hachís y el cannabis me parecen especialmente desaconsejables para personas con trastorno bipolar.

No porque seamos débiles. No porque seamos menos libres. No porque haya que tratarnos como menores de edad. Sino porque conocemos, o deberíamos conocer, el valor de la estabilidad.

Y la estabilidad, en el trastorno bipolar, no se regala. Se cuida.

Se cuida con tratamiento, sueño, rutinas, apoyo, autoconocimiento y evitando sustancias que puedan desordenar el ánimo o la percepción.

Por eso, si tienes trastorno bipolar y consumes hachís o cannabis, al menos plantéate seriamente hablarlo con tu psiquiatra o con un profesional de salud mental. No para que te sermonee, sino para valorar riesgos reales y ayudarte a reducir daños.

Yo lo tengo bastante claro: con trastorno bipolar, el cannabis no compensa.

Fuentes consultadas

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2 respuestas

  1. Me parece acertada tu opinión respecto a esta droga, en general las drogas blandas como esta o el alcohol o las mas duras, no son inocuas y en el caso de personas como nosotros con problemas de la mente no son recomendables y su consumo nos causa problemas. En mi caso consumí alcohol en mi juventud y tuve problemas por este consumo.

  2. Quizá mi post parezca muy radical, pero la verdad es que tan solo pretende ser informativo. De hecho, no hablo del hachís solo porque haya sufrido yo sus consecuencias, sino porque es una evidencia clínica que es un disparador de las psicosis mucho más frecuente de lo que la gente cree. Con el alcohol, por supuesto, ocurre igual, lo que pasa es que se suele aceptar más fácilmente que este pueda alterar la personalidad, mientras que es una creencia común que el hachís o la marihuana son inocuos, lo cual es claramente un error. De hecho, al menos en casos graves, las personas buscar desengancharse del alcohol, pero es infrecuente que lo hagan del hachís, ya que la gran mayoría de sus usuarios cree que este es simplemente algo divertido e incluso beneficioso y lo desmarcan de la cocaína u otras drogas «mayores». Es evidente que no a todo el mundo las sustancias le hacen los mismos efectos ni el mismo daño, pero si uno tiene una predisposición para algún tipo de desequilibrio psicológico (y eso la mayoría de las veces no se sabe a priori) consumiendo este tipo de drogas puede estar jugando con una bomba de relojería.
    Gracias y un saludo.

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